«Para que mi alegría esté en vosotros» Jn 15,11 La Santidad también para ti

20181113-cartel-aguinaldo-1024×731

COMENTARIO DEL RECTOR MAYOR AL AGUINALDO 2019

Mis queridos hermanos y hermanas, queridísima Familia Salesiana:

Continuando nuestra centenaria tradición, llego al encuentro con todos vosotros al inicio de este nuevo año 2019, en cualquier lugar del mundosalesiano, que forma nuestra Familia en más de 140 países.

Y lo hago con un tema que nos es muy familiar, ya que el título se encuentra literalmente en la exhortación apostólica del Papa Francisco sobre la llamada  a la santidad  en el mundo  contemporáneo, Gaudete et Exsultate (GE)1.

Al elegir este tema y este título, no pretendo más que traducir la llamada que hace el Papa Francisco a nuestro lenguaje y sensibilidad carismática2, haciendo aquellos  subrayados  que son tan ‘nuestros’ en el marco de la espiritualidad salesiana, esa de la que participamos los  31 grupos de nuestra Familia como heredad carismática recibida del Espíritu Santo, por medio  de  nuestro  amado  Padre  Don  Bosco  y  que, sin duda, nos ayudará a vivir con la alegría profunda  que  nos  viene  del Señor: «Paraque mi alegría esté en vosotros» (Jn 15,11).
¿A quiénes dirijo estas palabras?

Puedo aseguraros, que quisiera que llegaran a  todos.

A todos vosotros, mis queridos hermanos salesianos SDB. A todos vosotros, hermanas y hermanos de las diversas Congregaciones e Institutos de Vida Consagrada y Laicales de la Familia Salesiana. A todos vosotros, hermanos y hermanas de las Asociaciones y Grupos  de nuestra Familia. A los padres y madres, educadoras, educadores, catequistas y animadores de todas nuestras presencias esparcidas por   el mundo. Y también a todos los adolescentes y jóvenes del extenso mundo salesiano.

Recojo la invitación que ha hecho el Papa a toda la Iglesia. Su exhortación no es un tratado sobre la santidad, sino una invitación, que lanza al mundo contemporáneo y a la Iglesia de modo particular, a vivir la vida como vocación y llamada a la santidad, pero una santidad encarnada en el hoy, en la realidad de cada uno, en el contexto  actual.

Me hago eco de esta llamada siempre fascinante a la santidad porque el ‘hoy’ de la Iglesia nos lo pide. Al igual que yo, los últimos Rectores Mayores han tenido intervenciones muy significativas sobre la santidad salesiana y nuestros santos  protectores3.

Como en años anteriores pretendo, y me parece suficiente, que además de la lectura personal, se puedan aprovechar algunas líneas, indicaciones o pistas que  sirvan  como  propuestas  pastorales,  según los contextos y situaciones de cada presencia en los más  recónditos lugares  de  nuestro  ‘mundo’ salesiano.

DIOS LLAMA A TODOS A LA SANTIDAD

Me imagino que no pocas personas, quizá también entre nosotros y, se- guramente muchos jóvenes, que hayan escuchado esta llamada a la san- tidad que hace el Papa, habrán tenido la sensación de que esa palabra, santidad, resuena un poco extraña, ‘fuerte’ y desconocida en el lengua- je del mundo contemporáneo. No es impensable que existan bloqueos culturales o también interpretaciones que tiendan a ver toda referencia  a un camino de santidad como un espiritualismo alienante que evade de la realidad. O quizá, a lo sumo, se comprenda como una palabra aplicada y aplicable a quienes se venera, en imágenes, en los   templos.

De ahí que el esfuerzo del Papa para mostrar la perenne actualidad de la santidad cristiana —llamada que viene del mismo Dios en su Palabra—, se pueda proponer como meta para cada persona en su camino de vida; y es digno de admiración y hasta ‘atrevido’. Dios mismo «nos quiere santos y no se espera que nos contentemos con una existencia mediocre, aguada, inconsistente» (GE 1).

Lo primero que llama la atención, en la llamada de Papa Francisco, es la fuerza y la determinación con la cual afirma que la santidad es una llamada para todos, no solo para unos pocos, ya que corresponde al proyecto fundamental de Dios para nosotros, y le pertenece a la gente común, a la gente que llevamos una vida cotidiana ordinaria, hecha de cosas simples, propias de la vida de la gente  común.

Por lo mismo, no se trata de una santidad para unos pocos héroes o para personas excepcionales; por el contrario, se trata de un modo ordinario de vivir la existencia cristiana ordinaria, una manera de vivir la vida cristiana encarnada en el contexto de hoy con los riesgos, los desafíos y las oportunidades que Dios nos ofrece en el camino de la vida.

La Sagrada Escritura nos invita a ser santos: «sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5,48), y «santificaos y sed santos, pues yo, el Señor, soy santo» (Lev 11,44).

Se trata de una invitación explícita a hacer experiencia y testimoniar aquella perfección del amor, que no es otra cosa sino la santidad; en efecto la santidad consiste en la perfección del amor, un amor que en primer lugar se ha hecho carne en Cristo.

También san Pablo, escribe en la carta a los Efesios, refiriéndose  al Padre: «Él nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo para que fuésemos santos e intachables ante él por el amor. Él nos   ha destinado por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, a ser sus hijos, para alabanza de la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedido en el Amado» (Ef 1,4-6). «Ya no os llamo siervos, a vosotros os llamo amigos» (Jn 15,15). «Así pues, ya no sois extranjeros ni forasteros, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios» (Ef 2,19). Por lo tanto, todos y cada uno estamos llamados a la santidad, que no es sino una vida plena y lograda, según el proyecto de Dios y en total comunión con Él y con los hermanos.

No es una perfección reservada a unos pocos;  es una llamada  para todos. Algo infinitamente precioso, lo  que  no  significa  algo raro o extraño: es vocación común a todos los creyentes, hermoso ofrecimiento de Dios a cada hombre y a cada mujer.

Ver texto completo

Deja un comentario