Evangelio y Comentario- Domingo 28º del Tiempo Ordinario

Por Manel Morancho, SDB

EVANGELIO

Lc 17, 11-19

En aquel tiempo, yendo Jesús camino de Jerusalén, pasaba entre Sumaría y Galilea. Cuando iba a entrar en un pueblo, vinieron a su encuentro diez leprosos, que se pararon a lo lejos y a gritos le decían: Jesús, maestro, ten compasión de nosotros. Al verlos, les dijo: Id a presentaros a los sacerdotes.

Y mientras iban de camino, quedaron limpios. Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos y se echó por tierra a los pies de Jesús, dándole gracias. Este era un samaritano.

Jesús tomó la palabra y dijo: ¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios? Y le dijo: Levántate, vete; tu fe te ha salvado

COMENTARIO

Jesús va de camino. La capital ya queda atrás, deja la ciudad de los creyentes, de la gente de bien. Va hacia Samaria y Galilea. Jesús entra en el mundo de los excluídos. Va al encuentro de los expulsados, olvidados, marginados,… Samaritanos, galileos, leprosos,…

Entre los leprosos hay un samaritano. Excluído porque es leproso y porque es samaritano. Los leprosos claman a Jesús, y Jesús les dice: “Id a presentaros a los sacerdotes“. Y por el camino quedan curados.

Entre los diez hay nueve que tienen tanta prisa por recobrar su lugar en la sociedad que corren a ver a los sacerdotes para decirles: Mirad, estoy curado, soy una persona normal. Sólo hay uno que no va primero a los sacerdotes, porque para él hay algo más urgente: reconocer la ternura de Dios. Vuelve atrás y cae a los pies de Jesús, para decirle: gracias. Y justamente este es un extranjero, un samaritano, un enemigo de los de su raza.

Jesús le dice: “ Levántate, tu fe te ha salvado“. Al alejado, es a quien Jesús le dice “ Levántate, tu fe te ha salvado

En este evangelio aparece un sueño de Dios: que cada uno tenga un lugar digno en esta tierra… Y los sueños de Dios los podemos hacer realidad cuando creemos que cada uno “sin etiquetas” es un hermano o hermana y un hijo o hija de Dios.

Después de escuchar la Palabra de Dios de este domingo, esta es la pregunta que nos podríamos hacer todos: ¿Somos agradecidos?

Naaman de Siria, como hemos visto en la primera lectura y el leproso extranjero del evangelio quisieron dar gracias por la curación recibida.

Los diez se ponen en camino hacia la curación, pero sólo uno se pone en camino hacia la salvación. Su fe lo ha salvado. La fe hace que se pueda encontrar realmente con Jesús. Hay que abrir nuestro corazón para encontrarnos con Él.

Esto lo explica muy bien esta historia que se titula: “Abrir la puerta del corazón”.

“Hay un cuadro famoso que representa a Jesús en un jardín oscuro. En la mano izquierda lleva una luz que ilumina la escena. Con la mano derecha llama a una puerta grande. Cuando el pintor mostró el cuadro por primera vez en una exposición, un visitante le hizo notar un detalle curioso. En su cuadro hay un error y es que en la puerta no hay cerradura para poder abrir.

No es ningún error contestó el pintor. Esta puerta representa la puerta del corazón humano… Y sólo se puede abrir desde dentro…”

Dios llama a la puerta de nuestro corazón, pero es cada uno personalmente que puede responder y abrir o no abrir.

Hoy la Palabra de Dios nos invita a dar gracias, a ser agradecidos, a tener una actitud de agradecimiento como el señor de esta historia.

Un hombre ya mayor estaba en su huerto, cerca de su casa, haciendo agujeros en la tierra. Trabajaba con ilusión y entusiasmo. Pasó un vecino y le preguntó qué estaba haciendo. El señor contestó: Estoy plantando unos mangos, esperando que crezcan y den en el futuro unos buenos frutos.

¿De verdad esperas comer mangos de estos árboles?, le dijo el vecino.

No, no, respondió el anciano. No pienso vivir tanto. Pero otros comerán sus frutos. Estoy pensando que toda mi vida he estado comiendo frutos de los árboles que habían plantado otras personas, y ésta es mi manera de mostrarles mi agradecimiento. En mi larga vida, he recibido muchas cosas de los demás. Es justo que yo colabore a que otros puedan beneficiarse de mí.

Acabo con una oración de Carlos de Foucauld que expresa estos sentimientos.

“Padre, me pongo en tus manos.

Haz de mi lo que quieras. Sea lo que sea, te doy las gracias.

Estoy dispuesto a todo, lo acepto todo para que tu voluntad se haga realidad en mí y en todas las criaturas.

No deseo otra cosa, Dios mío. Pongo mi vida en tus manos, te la doy, Dios mío, con todo el amor de mi corazón, porque te amo.

Me pongo en tus manos sin reservas, con una confianza infinita, porque tú eres mi Padre”.

Pedimos al Señor la fe para abrir nuestro corazón a la salvación que Él nos ofrece y le damos gracias por esta salvación.

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