LA SANTIDAD DE CADA DÍA

LA SANTIDAD DE CADA DÍA (1ª parte)

Se me pide que escriba algo de esta realidad. Dicen los expertos que para hablar o escribir sobre algo es necesario tener experiencia de lo que se trate, o por lo menos, reconocer humildemente las limitaciones… Este segundo aspecto es mi caso.

No se nace santo, sino que Dios ofrece la posibilidad de conseguirlo no con un mero voluntarismo sino con la gracia divina. Hay una constante en aquellas personas que llegaron a la cumbre de la santidad y es sentirse indigente y necesitado de Él. Ningún autosuficiente podrá alcanzar dichas cumbres. Ser santos es imbuirse en la vida cotidiana dando con ello gloria a Dios. Es un pensar, vivir y actuar en las circunstancias normales de la vida según las luces que nos da la fe de la Iglesia, inapreciable tesoro para el recto peregrinar Por ello, el fideísmo es un atentado contra la santidad diaria en cuanto me lleva a una relación monolítica con Dios sin tener la preocupación por las realidades humanas. Si uno vive su yo, desde la perspectiva del egocentrismo, deberá encauzar su vida para que Dios y el hermano entren en ella. En este sentido, la vida de oración es el nutriente de la santidad diaria… Es el tercer rasgo importante que debemos llevar en la mochila del peregrino que camina en esta dirección.

Hay santos/as que han pasado a la historia por sus milagros, por vivir las virtudes de forma heroica. Ellos y ellas, han dejado una estela de luz en medio de la oscuridad de la noche. Una luz que ilumina nuestras mediocridades y nos estimulan en “el camino de la vida”. Otros, muchos más, viven su vida diaria con otras tonalidades que, sin ser tan “brillantes” como los primeros, iluminan con la humildad de las cosas pequeñas. Posiblemente, los que leemos estas líneas seamos de estos últimos.

También la Familia Salesiana tiene un estilo de vivir la santidad en lo cotidiano. Lo dejo para el próximo escrito.

Con el aprecio de siempre, Miguel Ángel Fernández

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