Don Bosco, ¿santo?

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Parece imposible, pero así sucedió.

Mientras muchos consideran a Don Bosco un gran santo, incluso para algunos el más grande del siglo XIX, llama la atención que durante el proceso de canonización se presentaron varias objeciones contra su santidad. Réplicas serias, formuladas por personas de consideración, no con mal ánimo, sino con la convicción que debían defender la auténtica santidad para el bien de la Iglesia. De que Don Bosco era una gran buena persona no había dudas, pero ¿era santo?

• El estilo de vida suya propuesto a los salesianos era demasiado mundana y poco conforme a la dignidad propia de los sacerdotes de aquel tiempo, por tanto, no daba buena formación a los miembros de su Congregación.

• ¿Cuándo rezaba, si estaba siempre ocupado con los asuntos de sus muchachos?

• ¿Qué tipo de mortificaciones corporales se imponía y exigía de sus salesianos si estaban siempre de fiestas?

• ¿Y los problemas con su Obispo? …ese afán de pedir ayudas y varias otras.

Es que Don Bosco se salía del “cliché” de los santos tradicionales y de su época. La imagen del santo ideal era la de una persona que se apartaba del mundo, que dedicaba mucho tiempo al rezo, se castigaba con penitencias corporales, o el sacerdote altamente cualificado en filosofía y teología, el custodio de lo sagrado, lo digno, lo pulcro…

A un hombre como Don Bosco, dinámico, creativo, inmerso en el mundo, caminando por senderos desacostumbrados, “el traje convencional nunca le cayó bien”. Él no pretendía formar sacerdotes teólogos o profesores, sino sacerdotes suficientemente preparados, profesionales, llenos de celo para la salvación de las almas y excelentes educadores de la juventud. El supuesto comportamiento de los sacerdotes diocesanos no era el adecuado para compartir la bulliciosa vida de los muchachos de las calles. El traje de sus seguidores se auguraba que fuese “en mangas de camisa”. De hecho, hasta el día de hoy los salesianos se visten de acuerdo al lugar donde viven.

Ciertamente las múltiples ocupaciones no dejaban a Don Bosco mucho espacio para las prácticas de piedad; pero para él, hombre de acción, más importante que el tiempo dedicado a la oración era el “ser un hombre de oración”. A la pregunta de cuándo rezaba, el mismo Pontífice Pio XI respondió: ¿Cuándo Don Bosco no rezaba? “Trabajo y templanza”, era su lema. Él no consideraba buena la triple división del tiempo en: oración, trabajo, descanso. Prefería el trabajo al servicio de la caridad. Y así su vida fue un continuo canto al servicio de la Gloria de Dios y al bien de las almas, acción transformada en oración. No trabajo y oración, sino trabajo es oración. *“¡Poltroni e magioni” fuori di casa mia!” decía.

Don Bosco tampoco atormentó su cuerpo con privaciones corporales, ni lo deseó e inculcó a sus salesianos y a sus jóvenes la mortificación. En su santidad no había nada de patológico o raro. Para él era suficiente el responsable cumplimento del deber y el aceptar las circunstancias de la vida: el frio o el calor, la sequía, la lluvia, las enfermedades, las limitaciones sociales; sin quejas. Vida hecha de serenidad, de alegría, vida aceptada positivamente.

Hombre práctico, no aspiraba a la perfección en el obrar. Si Monseñor Gastaldi exigía que “el bien se debe hacer bien”, Don Bosco prefería decir: “el bien hay que hacerlo” convencido que tal vez “lo mejor es enemigo de lo bueno.”

Ciertamente la santidad de Don Bosco se salía del marco habitual pero fue profética. El conocido teólogo francés, Marie-Dominique Chenu, respondiendo a la pregunta de un periodista que le pedía indicarle un santo portador de un mensaje para los tiempos modernos, contestó; “Me place recordar, ante todos, al que se adelantó un siglo al Concilio Vaticano II, Don Bosco, él es ya, proféticamente, un hombre modelo de santidad por su obra, que está en ruptura con el modo de pensar y creer de sus contemporáneos” (cfr. Lenti, Don Bosco. Vol. 3ºm, p.682).

Quienes no creyeron en la santidad de Don Bosco, probablemente se habían equivocado de época.

Robur.

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