Un fecundo grano de trigo entre nosotros

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Quería conversar con ella, pero el tiempo es implacable y tiene mucha prisa. “Siempre va a misa los domingos en la capilla de La Milagrosa”, alguien me dijo, y pensé que el domingo 18 de marzo después de misa sería un buen momento para que habláramos.

Sin embargo ese día, ante el asombro de muchos hermanos de la comunidad Raiza Argüelles no estaba en la celebración dominical, supe que había ido con “sus niños” a ver una obra en el teatro Guiñol. Por un momento dudé, pero entonces sentí que Dios había guiado mis pasos, dejé de pensar que era una contrariedad no haberla encontrado en la iglesia, ni en su casa, que debía estar ocupada con los preparativos y sin pensarlo más me dispuse a alcanzarla en el teatro.

En la entrada daba la bienvenida a los que iban llegando. Era temprano y aún no comenzaba la función, y aunque el ajetreo era bastante, con la humildad, sencillez y afabilidad que la caracteriza, conversó conmigo y me presentó a su hija Anita, la cual la ayuda con su grupo y a la vez atiende otro más en Santa Lucia.

Me explicó que estaba comenzando la jornada por el día Mundial del Síndrome  de Down, que se celebra cada 21 de Marzo, fecha  escogida por la Asamblea General de las Naciones Unidas, y que está muy relacionada con la enfermedad, que es un trastorno genético causado por la triplicación del cromosoma 21  (mes 3, día 21). Esta celebración tiene la finalidad de concientizar a todos sobre este tema y resaltar la dignidad de estas personas y su derecho a tener autonomía y libertad individual.

Al conversar con Raiza es fácil apreciar el amor que siente por estas personas, a quienes llama niños a pesar de la edad que tengan.

Me cuenta que todo empezó en el año 2007, a partir de la petición que le hiciera el Padre Gustavo de colaborar con este proyecto. Así fue como comenzó a asistir a los talleres de formación que se impartían en la diócesis. Al principio eran sólo dos niños, la ayuda de la hermana Nora y muchos temores por la escaza experiencia en este trabajo. Sin embargo, el deseo de ayudarlos a ellos y sus familias la hizo perseverar en su apostolado.

Sus ojos sonríen con ternura cuando me habla de las características de los niños, me dice que son de muy lento aprendizaje pero muy cariñosos, que les gusta bailar e incluso algunos se inclinan por el canto. Su rostro se entristece al decirme de algunos que no asisten y de la necesidad de que los padres colaboren con ellos y se preparen para ayudarlos.

Me cuenta con alegría sobre los encuentros que realiza con el grupo, los viajes a la playa, las actividades culturales y recreativas; sé que guarda fotos que atesora como valiosos recuerdos de esos momentos. Por supuesto no puede dejar de comentarme sobre la jornada que están celebrando, en la cual habrá un taller de intercambio de experiencia con los padres, un encuentro con los niños, así como una pequeña marcha el viernes 23, donde participarán todos con el lema “Sindrome de Down ¡y qué!”, y al final expondrán las manualidades que con ayuda de sus padres hacen en los encuentros: dibujos, marcadores, abanicos y otras muchas que serán exhibidas en el parque Serrano.

La función está a punto de empezar y me despido de Raiza y Anita. ¿Los niños?… Se ven contentos, tranquilos y les dan a ambas muchas muestras de cariño. Sin duda desempeñan una gran labor y le hacen mucho bien a ellos y a su familia. Camino a casa recordé el evangelio leído este día en la misa (Juan 12, 20-33), en el que Jesús utiliza la imagen del grano de trigo que debe caer en tierra y morir para dar fruto y pensé que Raiza ha sido este grano de trigo, capaz de entregar gran parte de su vida y de su tiempo por amor a Dios y a estos niños. Pidamos que mantenga siempre esa energía y vitalidad que muestra en el compromiso y el altruismo con que trabaja por la vida, por tanta entrega demos gracias a Dios.

Por: Naybí Hierrezuelo Monier

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