Mensaje dominical

10mo DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

EVANGELIO: Lc 7, 11-17

Iba Jesús camino de una ciudad llamada Naín, e iban con él sus discípulos y mucho gentío.

Cuando se acercaba a la entrada de la ciudad, resultó que sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de su madre, que era viuda; y un gentío considerable de la ciudad la acompañaba.

Al verla el Señor, sintió misericordia y le dijo: «No llores». Se acercó al ataúd, lo tocó (los que lo llevaban se pararon) y dijo: «¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate!». El muerto se incorporó y empezó a hablar, y Jesús se lo entregó a su madre.

Todos, sobrecogidos, daban gloria a Dios, diciendo: «Un gran Profeta ha surgido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo».

La noticia del hecho se divulgó por toda la comarca y por Judea entera.

COMENTARIO: P. Manel Morancho, sdb

En el texto de hoy hay varios detalles relacionados entre sí que ayudan a la reflexión.

El primer detalle es el lugar geográfico donde ocurre la acción. No se trata de ninguna ciudad importante, ni de ningún templo o centro religioso, sino de una pequeña aldea situada a pocos kilómetros de Nazaret y Cafarnaúm.

Naím era una sencilla y humilde aldea judía. Naím significa «lugar amable», debido a los fértiles cultivos de trigo, olivos e higueras que florecen a su alrededor.

Jesús anuncia su mensaje entre la gente pobre y sencilla. Sin duda que los habitantes de esta aldea eran «pobres de la tierra»; expresión con la que los fariseos designaban a la gente inculta que no tenía ni estudios ni capacidad para aprender y poder cumplir todos los mandamientos de Dios que garantizaban la salvación.

El segundo detalle: Es la primera vez que se le otorga a Jesús el título de «Señor»; un título hasta entonces reservado sólo a Dios. Y se le da en un contexto de misericordia. La palabra más perfecta para definir a Jesús fue «Misericordia». Señor ten piedad o Señor ten misericordia ante tal situación.

Nos encontramos con una persona viuda y sin hijos. En aquella época, imagen de una persona desamparada.

Ya podemos imaginar el estado de ánimo y la tristeza de aquella pobre mujer. Con su hijo enterraba todas sus esperanzas. Pero el encuentro con Jesús cambia radicalmente la situación.

A la entrada del pueblecito de Naím se encuentran dos comitivas: la de Jesús que representa la vida y el entierro que representa la muerte. Y donde Jesús está presente, gana la vida. Él es el dueño de la muerte. Jesús el Señor, es el que tiene el poder, el dominio, incluso sobre la muerte.

No llores, le dice a la viuda desconsolada. La fuerza y el poder del Señor va orientada a curar, a liberar del mal y a devolver la vida.

Jesús curó muchos enfermos y resucitó algunos muertos. Muy pocos en comparación con todas las personas que murieron a su alrededor, durante su

vida. No se trataba de suprimir la ley general de la muerte, sino de ofrecer un signo que manifestara que Jesús tiene poder sobre la muerte.

Él nos ofrece una vida nueva que no está sujeta a la muerte. Y este poder de resurrección ya lo ejerce con nosotros en esta vida.

Siempre que nos encontramos hundidos, abatidos, desanimados, decepcionados por el motivo que sea, siempre que tengamos la sensación de estar como muertos, busquemos a Jesús. Entonces también nos dirá a nosotros: “levántate”. Y como que la palabra de Jesús siempre es eficaz, nosotros, como el joven, nos levantaremos. Es decir, recuperaremos la esperanza y las ganas de vivir.

Todos, daban gloria a Dios, diciendo: «Un gran Profeta ha surgido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo».

La noticia del hecho se divulgó por toda la comarca y por Judea entera.

El cristiano, desarrolla actitudes de «misericordia», es decir: lealtad, fidelidad, deseos de hacer el bien, solidaridad, amor… El cristiano se convierte en pequeño «milagro de Dios» para los demás, devolviéndoles la esperanza de vivir, situándoles de forma crítica en la vida, fomentando la solidaridad, la entrega,…

Para acabar una pequeña reflexión en la que agradece a Dios la vida y todo lo que uno es y posee. Se titula: El último día.

Viviré este día como si fuese el último de mi existencia. Hoy acariciaré a mis hijos mientras son niños aún; mañana se habrán ido, y yo también. Hoy abrazaré a mi mujer dulcemente y la besaré; mañana ya no estará, ni yo tampoco. Hoy le prestaré ayuda al amigo necesitado; mañana ya no aclamará pidiendo ayuda, ni tampoco yo podré oír su clamor. Hoy me sacrificaré y me consagraré al trabajo; mañana no tendré nada que dar, y no habrá nada que recibir. Viviré este día como si fuese el último de mi existencia. Y si no lo es, daré gracias a Dios…

Pidamos al Señor de la vida, en esta eucaristía, que nos levante de muestras muertes.

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