Mensaje dominical

12 DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

EVANGELIO: Lc 9, 18-24

Un día que estaba Jesús orando a solas, sus discípulos se acercaron. Jesús les preguntó: «¿Quién dice la gente que soy yo?».

Ellos le contestaron: «Unos, Juan Bautista otros, Elías, y otros, uno de los antiguos profetas que ha resucitado».

Él les preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy?»

Pedro le contestó: «Tú eres el Mesías de Dios».

Él les prohibió terminantemente decírselo a nadie.

Luego añadió: «Es necesario que el Hijo del Hombre sufra mucho, que sea rechazado por los ancianos, por los jefes de los sacerdotes y por los maestros de la Ley, que lo maten y que resucite al tercer día».

Luego, dirigiéndose a la multitud, les dijo: “Si alguno quiere acompañarme, que no se busque a sí mismo, que tome su cruz de cada día y me siga. Pues el que quiera conservar para sí mismo su vida, la perderá; pero el que la pierda por mi causa, ése la encontrará”.

COMENTARIO: P. Manel Morancho, sdb

Hoy Jesús nos hace dos preguntas importantes. La primera menos importante:

¿QUIÉN DICE LA GENTE QUE SOY YO?

Hay un abanico inmenso de opiniones, teniendo en cuenta que cada uno opina lo que quiere. Entre la gente hay opiniones para todos los gustos.

En nuestros días se ha escrito mucho sobre Jesús, y a veces con errores, en medio de novelas e imaginaciones que impulsan una venta de libros o un negocio económico.

Pero también nos podemos dar cuenta que, para mucha gente, hoy Jesús es un gran personaje histórico, un líder, una persona de grandes valores, un hombre libre con una vida muy entregada a los más pobres, un hombre de Dios, un revolucionario,… Continúan siendo diversas las respuestas actuales. Jesús continúa preguntando: “¿Quién dice la gente que soy yo?”

De Jesús nos llegan muchos comentarios y muy diversos. Para nosotros, los creyentes, la información más válida es la que recibimos de los evangelios.

La segunda pregunta es crucial, muy importante. Es una pregunta clara y directa y nos la hace a todos los creyentes, a todos los cristianos, a cada uno. Es la pregunta del millón.

¿Y TÚ, QUIÉN DICES QUE SOY YO?

No nos lo pregunta alguien desde el otro extremo del teléfono. No nos lo preguntan en un sueño de éxtasis,… Nos lo pregunta Jesús desde la Cruz. Nos lo preguntan tantas personas desde la miseria, la pobreza, nos lo pregunta el emigrante, el drogadicto, el anciano abandonado, los que viven situaciones de guerra, de marginación,…

Jesús hoy me pregunta: ¿Y tú qué dices de mi?

La pregunta de Jesús va cargada de misericordia, va directa al corazón, es la pregunta por la justicia, por la fraternidad, para saber ponerse en lugar del otro, es la pregunta para identificarme y no contestar más o menos, con excusas o justificaciones, para salir del paso. Es una pregunta que me obliga a mirar el mundo con los ojos de Jesús.

Y no vale repetir expresiones intelectuales o ideas aprendidas en los libros. La pregunta quiere ir más a fondo, quiere ir a aquella sabiduría que pasa por la experiencia del corazón, que afecta a la vida, a los sentimientos, a las ideas, a las obras. Requiere una respuesta personal.

A Jesús le interesa saber mi opinión, mi respuesta.

Los apóstoles, en boca de Pedro, dieron una respuesta que es una profesión de fe: “El Mesías de Dios”. Es una respuesta excelente, es una profesión de fe. Respuesta de fe, respuesta de experiencia, aunque falta ahondar más el sentido de estas palabras. Nosotros debemos dar una respuesta. Que con la ayuda de la transmisión de la fe, de los conocimientos intelectuales y de la experiencia podamos decir como Pedro: “Tú eres el Mesías”. O con palabras más nuestras: Tú eres mi mejor amigo, el que me comprende, que me libra del mal y del egoísmo, el que me ama más que nadie. Es la respuesta basada en la amistad con Jesús. De los amigos hablamos bien y desde el corazón. De Jesús, aún más.

La respuesta que damos de Jesús estará muy relacionada con el grado de compromiso que hemos adquirido en nuestras vidas.

Cuentan que había un filósofo griego, famoso por sus ideas y por la forma irónica y desenfadada que utilizaba para expresar sus ideas.

Un día se encontraba en la esquina de una calle cercana a la plaza, donde enseñaba a la gente sus ideas. Estaba riendo a plena carcajada. ¿De qué te ríes?, le preguntó uno que pasaba. Y él le dijo: “¿Ves esa piedra en medio de la calle? Desde que he llegado de buena mañanita, diez personas han tropezado con ella y todos la han maldecido, pero nadie se ha tomado la molestia de retirarla para que otras personas no tropiecen”.

De esta manera intentaba hacer pensar y reflexionar a la gente para que tomaran conciencia de los problemas existentes y de cómo se pueden solucionar.

Y aún más, decía: Tengo un amigo que durante un tiempo se dedicó a repartir unos papelitos a las personas que le daban consejos sobre cómo podía solucionar ciertos problemas que se le presentaban. En los papelitos ponía esta frase: “No me interesan los consejos, que ya me han dado muchos; si puedes, ayúdame”.

Esta semana nos preguntamos muy seriamente quién es Jesús para mí y qué representa Jesús en mi vida y lo acompañamos de un compromiso serio. No nos quedemos en palabras bonitas.

Que la eucaristía nos ayude a dar una respuesta bien convincente.

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