Mensaje dominical

29 DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

EVANGELIO: Lc 18, 1-8

En aquel tiempo, Jesús para explicar a sus discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse, les propuso esta parábola: Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres. En la misma ciudad había una viuda que solía ir a decirle: Hazme justicia frente a mi adversario.

Por algún tiempo se negó, pero después se dijo: Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, como esta viuda me está fastidiando, le haré justicia, no vaya a acabar pegándome en la cara.

Y el Señor añadió: Fijaos en lo que dice el juez injusto; pues Dios ¿no hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche, o les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar, pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?

COMENTARIO: P. Manel Morancho, sdb

El Evangelio de hoy fue redactado para animar a la primera comunidad cristiana. Jesús ha muerto y resucitado, y las primeras comunidades cristianas comienzan a sentir la tentación del desánimo y el cansancio. El evangelista cuenta esta parábola de la viuda insistente, para animarles en su fe, en su oración y en su compromiso.

Jesús resalta la constancia de una pobre viuda. Las viudas eran siempre pobres en Israel, porque en aquella sociedad machista, la mujer que no tenía marido era alguien que nadie cuidaba ni defendía.

La parábola que hoy nos cuenta Jesús se dirige especialmente a los que ya han arrojado la toalla o están a punto de hacerlo. Y nos recuerda una gran verdad: aunque en medio del combate no lo sintamos, Dios está con nosotros.

El secreto está en ese «clamar a Dios día y noche».

Un conocido escritor y periodista afirmaba que “la más alta capacidad del ser humano, la forma más extraordinaria de su inteligencia, es la paciencia”. “La paciencia todo lo alcanza”, decía santa Teresa de Jesús.

En las tres lecturas de hoy encontramos una llamada a mantener la confianza en Dios, a perseverar, a no desfallecer.

Ser pacientes y confiar siempre en Dios no significa, por tanto, que debamos esperar a que las soluciones caigan del cielo.

El simbolismo del libro del Éxodo justamente nos invita a mantener las manos en alto para poder ganar todas las batallas en las que el Señor nos hace luchar. Batallas por la paz, la verdad, la reconciliación, el respeto, la igualdad, la liberación de los oprimidos,…

El apóstol Pablo nos alienta a proclamar la palabra del Evangelio en todo momento: “a tiempo y a destiempo, reprende, reprocha, exhorta, con toda paciencia y deseo de instruir”.

Todas las lecturas de hoy nos invitan a luchar, a ser constantes, a no desfallecer, a no desanimarse,…

La viuda del Evangelio nos enseña a rezar desde la pobreza, desde la indigencia. Nos enseña a rezar cuando peor nos van las cosas y la oración parece un imposible… Buscar a Dios es entrar en el corazón de Dios Padre.

Para acabar una pequeña historia que ilumina nuestra reflexión.

“Una señora fue a comprar y detrás del mostrador de la tienda estaba Dios.

¿Qué venden aquí?, le preguntó a Dios.

Todo lo que tu corazón desee, le respondió Dios.

Y pidió lo mejor que el ser humano puede desear: Quiero la paz del espíritu, amor, felicidad, sabiduría, ausencia de cualquier miedo,… y no sólo para mí, sino para todo el mundo.

Dios le sonrió y le dijo:

Creo que no me ha entendido, señora. Aquí no vendemos los frutos. Aquí vendemos únicamente las semillas”.

Nada se nos da hecho, nada se nos da de balde, hay que sudarlo, hay que ganarlo,… Lo bueno se hace esperar y llega después de mucho esfuerzo y trabajo. El fruto llega después de mucho tiempo de espera, de lucha y de paciencia.

Pedimos al Señor, constancia y fe para obtener lo que Él nos tiene reservado.

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