Mensaje dominical

4to DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

EVANGELIO: Mt 5, 1-12

En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió a la montaña, se sentó, y se acercaron sus discípulos; y él se puso a hablar, enseñándoles:

“Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.

Dichosos los que lloran, porque ellos serán consolados.

Dichosos los sufridos, porque ellos heredarán la tierra.

Dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados.

Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.

Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos se llamarán los Hijos de Dios.

Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.

Dichosos vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo.”

COMENTARIO: P. Manel Morancho, sdb

La «montaña» en la que Mateo sitúa las Bienaventuranzas no es un lugar «geográfico», sino teológico. Es decir, que Mateo intenta presentar a Jesús como al Nuevo Moisés.

Mateo, subrayando que Jesús «subió a la montaña», compara a Jesús con Moisés, que subió al monte Sinaí para recibir de Dios las leyes para el pueblo. De igual forma Jesús está proclamado la Nueva Ley para el Nuevo Pueblo de Dios.

Los destinatarios judíos del evangelio de Mateo entendieron lo siguiente: Estas

Bienaventuranzas, proclamadas por Jesús, son tan importantes como la Ley que Dios dio a Moisés en el Sinaí.

Las Bienaventuranzas son la esencia del Evangelio: La nueva ley de la fraternidad de las comunidades cristianas. El Antiguo Testamento, y la razón humana, nos animan a desear el éxito, el poder y las riquezas, pues son signos de felicidad. Las Bienaventuranzas nos ofrecen una perspectiva más profunda. Nos dice que muchas veces el éxito y las riquezas destruyen a las personas. En nuestra sociedad competitiva, las bienaventuranzas se convierten en mensaje alternativo.

Felices los pobres. ¿Qué pobres? En el original «la gente de la tierra» que era ignorante, desconocía la Ley y era despreciada por los fariseos.

Felices los que lloran. Quienes sufren son destinatarios directos del amor de Dios, porque el Mesías vendrá «para consolar a los que lloran».

Felices los sufridos: Los que no siguen las ideas de un Mesías poderoso que someterá a todos por la espada, sino el modelo de Mesías lleno de misericordia, servicio y no-violencia propuesto por Jesús.

Estos «heredarán la tierra» y no la «conquistarán por la fuerza»…

Felices los que tienen hambre y sed de salvación… porque serán saciados. Esta expresión que debió molestar mucho a los fariseos. Ellos creían que la salvación se conquistaba con buenas obras… Nunca pensaron que era un regalo gratuito de Dios.

Felices los misericordiosos: Nueva molestia para los fariseos que reservaban la misericordia para los entendidos en la Ley, y no para los pobres y pecadores.

Todas las Bienaventuranzas hablan del cambio radical que propone el mensaje de Jesús. Jesús aporta una nueva visión de la persona y la historia.

El mundo quiere nuestra felicidad, buscando llenarnos de cosas materiales y pensando, sobre todo en nosotros mismos y olvidándonos de los demás, incluso de Dios. Que no nos pase como el señor de la historia que se titula: La gallina de los huevos de oro.

Un hombre pobre encontró una gallina abandonada y la llevó a su casa, con la idea de cuidarla y alimentarse con los huevos que pusiera. Su sorpresa fue que aquella gallina ponía huevos de oro. El primer día puso un hermoso huevo de oro, que el hombre vendió para comprar alimento para su familia. El segundo día puso otro hermoso huevo de oro, y el hombre los fue vendiendo para ir mejorando su modo de vida. Poco a poco compró una casa mejor, buenas ropas y pronto ya tenía criados que trabajaban para él.

La gallina seguía poniendo un huevo de oro cada día. Hasta que un buen día el hombre la miró y pensó: “Esta gallina tiene que tener un mecanismo en su interior que convierte en oro los huevos que pone. Si consiguiera el mecanismo, yo podría convertir en oro todo lo que quisiera”. Después de pensar esto, cogió a la gallina y la mató. Luego con un cuchillo la abrió y descubrió que su interior era igual que el de todas las gallinas. No había mecanismo extraordinario que convertía los huevos en oro.

Así, el hombre pronto volvió a ser pobre, porque su avaricia había matado la fuente de su felicidad.

Todos conocemos un famoso refrán que dice: “No hay que matar a la gallina de los huevos de oro”. Esto significa que no tenemos que terminar con aquellas cosas que nos proporcionan felicidad.

Pidamos al Señor, que nos dé el espíritu de las Bienaventuranzas de Jesús.

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