Mensaje dominical

5to DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

EVANGELIO: Mt 5, 13-16

Dijo Jesús a sus discípulos: Vosotros sois la sal de la tierra; pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve para nada, sino para ser echada fuera y que la pise la gente.

Vosotros sois la luz del mundo; una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder.

Ni se enciende una luz y se pone debajo del celemín, sino sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en casa.

Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.

COMENTARIO: P. Manel Morancho, sdb

El evangelio que acabamos de leer nos ha recordado claramente: “Vosotros sois la luz del mundo”. No podemos vivir ocultos, sino que hemos de situarnos en un lugar visible para que nuestra luz alumbre a todo el mundo. Es el compromiso que adquirimos el día de nuestro bautismo y que se significó en la vela que se nos entregó tomando la luz del cirio pascual.

Se nos invitaba a tomar esa luz y hacerla crecer.

Encontrarnos con este texto es una oportunidad para revisar una vez más nuestra vida, examinar nuestra fidelidad al compromiso bautismal, nuestro grado de adhesión a Jesús.

Ser sal y luz es también un compromiso comunitario. Nuestra sociedad se confiesa mayoritariamente creyente, y sin embargo tenemos la sensación de ser un grupo cada vez más pequeño, menos visible. Incluso, no son pocas las ocasiones en las que tratamos de pasar desapercibidos, ocultamos nuestro ser cristianos. ¿No podemos exigirnos un poco más? ¿No deberíamos tener una mayor presencia social? Humildemente creo que sí.

No hemos de ser ingenuos. Es cierto que la labor de la Iglesia es importante en nuestra sociedad. Hemos de reconocer la eficiente labor de instituciones y personas de Iglesia en muchas áreas sociales y caritativas. Pero también es cierto que muchos, como personas individuales y como miembros de una comunidad, vivimos un cristianismo si no descafeinado, si bastante vergonzoso. En el sentido que nos da miedo manifestar lo que somos y lo que vivimos. Esta es la situación que el evangelio nos invita a superar.

Evidentemente, nuestras actuaciones no son para ser vistas (que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha), pero nuestra sociedad necesita de los signos que le hablen de la presencia del Reino, de la presencia de Dios, especialmente en estos tiempos en que la Iglesia es tan desprestigiada. Hemos de ser sal de la tierra y luz del mundo.

Si necesitamos concretar, retomemos la primera lectura y volvamos a leerla con calma. “Esto dice el Señor: Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, viste al que ves desnudo y no te cierres a tu propia carne” (Is 58,7). La actitud de quien así obra obtiene unas consecuencias únicas. “Brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad se volverá mediodía” (Is 58,8).

Los cristianos estamos llamados a ser sal y luz. ¿Realmente somos sal y luz en los ambientes en que nos movemos? Si no es así, ¿Cómo podemos serlo?

Hace muchos siglos, el jornal de trabajo se podía pagar con sal, producto muy apreciado, por el gusto que da a los alimentos. De ahí viene la palabra “salario”, la recompensa de los esfuerzos de su trabajo. Pero, está claro, tenía que ser “sal de la buena”. La buena sal daba personalidad a los buenos platos bien cocinados.

Jesús reclama a sus discípulos ser sal que es sinónimo de ser “auténticos”, hacer que nuestra vida tenga buen gusto. Poner gusto a la vida.

Si nuestra vida pierde el gusto de la autenticidad, si no somos o hacemos aquello a lo que estamos llamados, nuestra vida sólo servirá para que la gente la “pise”, la desvalorice, la ponga en cuestión… Se trata de “ser” y no “hacer” de cristianos. De ver, también, todo lo bueno y positivo que vivimos o podemos vivir, de animarnos, de no alimentarnos de pensamientos negativos.

Escuchemos esta pequeña historia que se titula: La mancha negra. Un maestro estaba dando clase a sus alumnos. Puso una mancha de tinta en una hoja de papel blanco. Hizo observar a sus alumnos y les pregunto: - ¿Qué veis? - Y todos a la vez respondieron: - Una mancha negra. El maestro respondió: - Todos os habéis fijado en la mancha negra; en cambio, nadie ha visto el resto de hoja blanca, que es mucho más extensa.

Que seamos personas positivas que animan y ven cada día lo bueno, aunque resalte poco o llame menos la atención.

Jesús reclama a sus discípulos ser luz que ilumina a los demás. La luz siempre ha sido sinónimo de “ver claro, saber qué hacer con la propia vida, de buscar y encontrar la verdad, el bien, la paz,… de tener claras las prioridades de la vida, de estabilidad y de serenidad de corazón”.

El evangelio acaba diciendo: “Alumbre así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos”.

Que así lo vivamos. Se lo pedimos con fuerza al Señor.

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