Mensaje dominical

1er DOMINGO DE CUARESMA

EVANGELIO: Mt 4, 1-11

En aquel tiempo, Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. Y después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, al fin sintió hambre.

El tentador se le acercó y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes.»

Pero él le contestó, diciendo: «Está escrito: «No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios».

Entonces el diablo lo lleva a la ciudad santa, lo pone en el alero del templo y le dice: «Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: Encargará a los ángeles que cuiden de ti, y te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras».

Jesús le dijo: «También está escrito: No tentarás al Señor, tu Dios».

Después el diablo lo lleva a una montaña altísima y, mostrándole los reinos del mundo y su gloria, le dijo: «Todo esto te daré, si te postras y me adoras».

Entonces le dijo Jesús: «Vete, Satanás, porque está escrito: Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto».

Entonces lo dejó el diablo, y se acercaron los ángeles y le servían.

COMENTARIO: P. Manel Morancho, sdb

El evangelista cuenta la estancia de Jesús en el desierto. El texto intenta establecer un paralelismo entre el Antiguo pueblo de Israel, que sucumbe ante las tentaciones en el desierto, y Jesús que las vence.

Las tentaciones de Jesús son una mirada al pasado, y otra mirada al presente: Jesús aparece como vencedor de aquellas mismas tentaciones en las que sucumbió el antiguo pueblo de Israel en el desierto.

Pero el hecho de mostrar a un Jesús vencedor es una enseñanza para las primeras comunidades cristianas. Estas nuevas comunidades no deben postrarse ante el imperio romano. Deben mantenerse firmes, tal como hiciera Jesús.

En la primera lectura hemos escuchado el libro del Génesis. Después de explicarnos la creación del hombre y de la mujer, nos dice que en medio del jardín había un árbol muy especial.

Es un árbol que, personifica al mal, que trae la calamidad no solo a aquella pareja, sino también a toda la humanidad. Y, con la desgracia, la muerte.

También nosotros en nuestra vida podemos elegir entre muchas opciones, entre muchos caminos que son muy lícitos y nobles. Pero también nosotros, a imagen de nuestros primeros padres, a veces preferimos elegir aquel camino, aquella opción prohibida por Dios pero que, de hecho, es mala para nosotros.

Tal como hemos escuchado en el evangelio, el maligno, en el desierto, presentó a Jesús un camino, a imagen de un árbol prohibido, que le apartaría de la misión por la que el Padre lo había enviado al mundo.

A nosotros, también nos atrae coger el fruto del árbol que sabemos que no solo no nos llevará por buen camino, sino que nos conducirá por caminos falsos y de

perdición, por caminos que nos apartan de los hermanos y, por tanto, por caminos que nos apartan de Dios.

Esta es nuestra realidad y nuestra experiencia cotidiana de pecado. Cuando nos dejamos llevar por el egoísmo, el orgullo, la vanidad, la pereza,… nos encerramos en nosotros mismos, rechazamos al hermano y giramos la cara a Dios.

Nosotros en nuestro caminar diario vivimos momentos de desierto, momentos a los que nos lleva la vida sin nosotros haberlos programado, en donde se nos pone a prueba. Quizás perdemos la paciencia y deseamos resultados rápidos y evidentes (piedras que se conviertan en panes), o quizás aceptamos las dificultades siempre y cuando nosotros quedemos como los grandes santos (los ángeles te llevarán en las palmas de sus manos), o quizás nos dejamos llevar por el afán de poder y de que todo se haga como yo pienso (te daré todo esto,…).

El Señor nunca nos deja solos. Así lo explica la historia: Las huellas en la arena.

Una noche un hombre tuvo un sueño. Soñó que iba paseando por una gran playa. A medida que caminaba se iba proyectando en su mente la película de su vida. Y se dio cuenta de que en cada escena de la película de su vida existían dos pares de huellas en la arena: las suyas y las de Dios.

Cuando la última escena de su vida apareció ante él, volvió a mirar las huellas sobre la arena de la playa. Entonces notó que muchas veces, a lo largo de su vida, había tan sólo un par de huellas… Y se dio cuenta de que esto ocurría en los momentos más difíciles de su vida.

Este hecho le preocupó en gran manera y, por eso, le preguntó a Dios:

“Señor, tú me dijiste una vez que, si decidía seguirte, caminarías siempre conmigo. Sin embargo, he notado que durante los momentos de mi vida en que tenía más dificultades y problemas, tan sólo existía un par de huellas. No comprendo por qué, cuando más te necesitaba, me abandonabas”.

Dios sonrió y le respondió: “Hijo, te quiero y nunca te he abandonado. En los momentos de angustia y sufrimiento, cuando tú has contemplado sólo un par de huellas, eran los momentos en que yo te llevaba en mis brazos…”

Pensemos en las dificultades y tentaciones con las que me encuentro cada día y pidamos fuerzas al Señor para superarlas como Él lo hizo. El cristiano ha de ser una persona valiente, pero ante la debilidad, confiemos en la fuerza de su Palabra y en la fuerza de la Eucaristía.

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