Mensaje dominical

EVANGELIO: Jn 6, 51-58

En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos:

- “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.”

Disputaban los judíos entre sí:

- “¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?”

Entonces Jesús les dijo:

- “Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.

Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida.

El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él.

El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí.

Éste es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre.”

Esto lo dijo Jesús en la sinagoga, cuando enseñaba en Cafarnaún.

COMENTARIO: P. Manel Morancho, sdb

Tras la muerte y resurrección de Jesús los primeros cristianos comenzaron a repetir el gesto de la Última Cena: La Eucaristía. Cuando ya llevaban tiempo repitiendo el gesto del Señor, el evangelio de Juan reflexiona sobre esta práctica cristiana ya extendida. El problema de la Eucaristía no era llegar a comprender de qué misteriosa forma Jesús podía estar presente en el pan y en el vino.

El problema nace porque muchos judíos no llegan a comprender el planteamiento fundamental de Jesús.

Un seguidor de Jesús debía ser una persona que comenzara a pensar y a actuar de forma distinta al modelo de sociedad establecida hasta entonces. El Jesús que ellos buscaban era un Jesús poderoso que pusiera en acción sus energías milagreras y les solucionara el problema del hambre. Jesús, por el contrario, buscaba personas que entendieran y se adhirieran a su proyecto del Reino.

Para la realización de este proyecto era necesario que Jesús les cambiara la imagen que tenían de Él: Debían pasar de la imagen de un Jesús poderoso a un Jesús que se entregaba como las víctimas de los sacrificios, ofreciendo su «carne y sangre».

Jesús viene a compartir la suerte de las víctimas y, por lo mismo, a colocarse en la fila de los sin derechos, de los ilegales, de los rechazados y excluidos por el sistema social vigente.

Creer en la Eucaristía no significa aceptar que Jesús, de una forma más o menos milagrosa, se halla presente en el pan y en el vino con su cuerpo y sangre. Creer en la Eucaristía significa creer que para transformar el mundo no hay que utilizar las formas del dominio, el poder, la violencia, la ostentación, la competencia y la riqueza… sino el camino de Jesús: la cercanía a los más sencillos, el ofrecimiento

y la entrega de las propias cualidades, la generosidad, la gratuidad, la solidaridad…

Los cristianos hemos «perdido» mucho tiempo cavilando cómo Jesús está presente en el pan y en el vino… ¡Qué poco tiempo hemos dedicado a adherirnos al proyecto de vida que nace de compartir la Eucaristía!

Hoy les ofrezco una reflexión sobre el hecho de participar activamente y con sentido profundo en la eucaristía. El hecho se titula: La eucaristía de los López.

Los padres entran primero, tratando de no hacer ruido, seguidos de sus dos hijos. Se santiguan, hacen algo parecido a una genuflexión y buscan un sitio por atrás. Unos feligreses tienen que recoger las piernas para que los cuatro puedan pasar por encima del reclinatorio. Sonrisita complaciente y caras de «perdón» y «gracias». Cuando se sientan, ya van por la segunda lectura. Durante la homilía, miran aburridos al sacerdote; luego al niño, que le ha dado por tocar el bolso de la señora de adelante, y de nuevo al sacerdote, a ver si acaba. Durante la comunión, el señor se sienta, como acostumbra a hacer desde hace años, y ella va a comulgar, aunque sabe que una visita previa al confesionario no le iría nada mal. Acaba la misa. Antes de que el cura haya llegado a la sacristía, la familia López ha salido a toda prisa de la iglesia, como si fuera a estallar una bomba. «Es que así nos ahorramos la cola», le explicaron hace unos meses a uno de sus hijos que le dio por preguntar. Los López ya han cumplido por esta semana. Hasta el domingo que viene, en su familia no se volverá a oír hablar de Dios. «Para eso tienen a las monjas del colegio», se justificaría la señora López si le preguntaran. Pero este domingo, el cura se ha referido en su homilía a las palabras del Papa que ha hablado a las muchas «familias López» que, tal vez, abundan en nuestras iglesias. Lo ha hecho con gran cariño, casi en tono de súplica, pero dejando claro cuál es el papel de los padres católicos. «¡Queridos padres! Les pido que ayuden a sus hijos a crecer en la fe, les pido que les acompañen en su peregrinaje hacia la Comunión, en su viaje hacia Jesús y con Jesús. ¡Por favor, vayan con sus hijos a la iglesia! (…) Verán que no es tiempo perdido; al contrario, es lo que puede mantener a su familia verdaderamente unida y centrada. (…) Y, por favor, recen juntos en casa también, en las comidas y antes de acostarse». Los López no han salido hoy a trompicones de la parroquia. Se han quedado unos segundos rezando. Tal vez, esta semana, en casa de los López se hable por primera vez de Dios. Para nosotros, la Eucaristía no es opcional, ¡es vital! ¿Lo creo, esto? ¿Lo vivo como algo vital?

La fiesta del Cuerpo y la Sangre de Cristo nos recuerda “La Eucaristía”, el signo que Jesús realizó para quedarse entre nosotros.

Eucaristía es una palabra griega que significa “acción de gracias”.

Que siempre sepamos dar gracias a Dios por este alimento que nos da fuerza, que nos da vida, que da sentido a nuestra vida.

Que así lo vivamos. Se lo pedimos con fe al Señor.

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