Mensaje dominical

26 DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

EVANGELIO: Mt 21, 28-32

En aquel tiempo dijo Jesús: ¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Fue al primero y le dijo: Hijo, vete hoy a trabajar a la viña.

Él respondió: No quiero ir. Pero después se arrepintió y fue.

Aquel hombre fue al segundo y le dijo lo mismo. Él respondió: Enseguida, señor.

Pero no fue.

¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre?

Le responden: El primero.

Jesús les dijo: Os aseguro que los publicanos y las prostitutas irán delante en el camino hacia el Reino de Dios. Porque vino Juan para orientaros a hacer lo que Dios quiere, pero no le creísteis. Los publicanos y las prostitutas sí que le creyeron; en cambio, vosotros, ni después de ver todo esto, no os habéis arrepentido ni le habéis creído.

COMENTARIO: P. Manel Morancho, sdb

El evangelio de san Mateo nos va ayudando a descubrir la verdadera cara de la comunidad que se forma a partir de Jesús, y hoy lo vuelve a hacer con una parábola bien sencilla.

No se trata de favorecer las buenas intenciones, sino de trabajar en la viña. El buen cristiano no se puede nutrir de buenas intenciones.

La llamada que Jesús hoy nos hace es una llamada a la conversión, que es lo contrario a vivir instalados. El ha venido a removerlo todo y no a cambiar unos instalados por otros.

Los mismos apóstoles se confundieron a menudo y Jesús, a veces con dureza, les tuvo que recriminar su afán de situarse unos por encima de los otros. Jesús fue contundente: “No será así entre vosotros”.

Los marginados por nosotros nos descubren el evangelio. “Los publicanos y las prostitutas” os están indicando el camino, porque ellos creyeron en el buen camino que ensenaba Juan. Porque aquellos que os creéis buenos, no le habéis creído y ni después de ver todo esto no os arrepentís ni queréis creer.

Nada fácil, porque a base de decir mucho acabamos creyendo que ya hemos hecho, y el saber mucho lo usamos para señalar las deficiencias de los demás.

Jesús quiere transformar nuestra vida, para que acabemos siendo fieles al Evangelio, nuestro auténtico tesoro que nos pone siempre en actitud de aprender y de convertirnos.

El testimonio de lo que hacemos es el evangelio que leerán muchas personas. Lo que realmente llega es lo que hacemos.

Los cristianos somos valorados cuando nos encuentran al lado del más necesitado, o cuando damos ejemplo de fidelidad a los compromisos que hemos contraído.

Como parroquia o comunidad se aprecia nuestra disponibilidad a acoger, a ponernos en el lugar del otro y a emprender acciones que favorezcan a las personas con problemas o a las personas a quienes la situación ha alterado su

vida. El evangelio no nos lleva a hacer un debate sobre buenos y malos, y menos a situar a unos entre los buenos y a otros entre los malos, sino a estar dispuestos a cambiar de vida. Somos la comunidad de Jesús no tanto porque somos los buenos sino porque estamos dispuestos, abiertos a que ser comunidad sea una disponibilidad permanente a la conversión.

Hay una historia que nos ayuda a entender y se titula: El sabio y la taza de té. Un joven fue a visitar a un sabio anciano con la finalidad de que le ayudara. El anciano lo recibió, invitándole a una taza de té. Mientras, el joven no paraba de hablar inconscientemente sobre sus muchos conocimientos. El sabio cogió la tetera y comenzó a echar el té sobre la taza del invitado, de tal manera que empezó a salir por arriba. No obstante, el anciano siguió sirviendo te. ¿Qué hace usted? -dijo el joven-, ¿no se da cuenta de que se está cayendo el te? El sabio sonrió y con picardía dijo: Tú, de la misma manera que la taza, estás ya lleno de tus propias opiniones, prejudicios y creencias. ¿De qué serviría que yo intentara enseñarte alguna cosa si antes no te vacías? El arrepentimiento tiene un gran valor. Dicen que… “Rectificar es de sabios”. Jesús prefiere el error, reconocido con humildad, de un seguidor y su intención de volver a empezar, a la actitud de quien no reconoce la necesidad de ayuda de los demás o la de los que se comprometen y no cumplen.

Lo que el Señor nos quiere decir con esta parábola es, en definitiva, lo que verdaderamente importa, no son las palabras sino los hechos y comportamientos que acompañan a las palabras.

“Obras son amores que no buenas razones”, dice el refrán.

La hermana pequeña de santo Tomás de Aquino le preguntó: “Tomás, ¿qué he de hacer para ser santa?”. Ella esperaba una respuesta muy profunda y complicada, pero el santo le respondió: “Hermanita, para ser santa es suficiente querer”. ¡Sí!, querer. Pero querer con todas las fuerzas y con toda la voluntad.

El Señor nos ha llamado a trabajar en su viña. Le damos gracias por su elección y le pedimos que nos ayude a ser fieles y constantes.

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