Mensaje dominical

4to DOMINGO DE CUARESMA

EVANGELIO: Jn 3, 14-21

En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo: «Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna.

Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.

El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.

El juicio consiste en esto: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas.

Pues todo el que obra perversamente detesta la luz y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. En cambio, el que realiza la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios.»

COMENTARIO: P. Manel Morancho, sdb

Nicodemo es un doctor de la Ley que admira a Jesús. Acude a Jesús por la noche porque teme a sus colegas y amigos, los Maestros de la Ley y porque tal vez espera que Jesús le revele algún misterioso secreto. Y Jesús le va a revelar tres símbolos, comprensibles para un Doctor de la Ley.

Primero: La serpiente del desierto (Núm. 21, 4-9).

Segundo: El Padre que entrega al Hijo.

Tercero: La luz que vence a la tiniebla.

El primer símbolo está tomado de la cultura oriental. Los médicos antiguos llevaban un bastón, de metal o de madera, que tenía grabada la figura de una serpiente, símbolo de la vida y de poderes curativos. El Antiguo Testamento narra cómo Moisés utilizó este símbolo: Levantó una serpiente de bronce sobre un poste de madera para curar al pueblo descarriado. Las primeras comunidades vieron en la imagen de Jesús levantado en una cruz de madera, algo parecido a lo que hizo Moisés. Porque Jesús, siendo levantado en la cruz, trajo la curación y la salvación al nuevo pueblo.

El segundo símbolo, nos presenta a Dios como un Padre generoso que ama tanto la humanidad que no duda en entregar a su propio Hijo. Este símbolo le debió resultar difícil de entender a Nicodemo, que como buen maestro de la Ley debía esperar que el Mesías se manifestara entre cataclismos celestes y signos de poder. Jesús se manifiesta en su amor por todas las personas, en su servicio al pobre, en su aprecio por los excluidos; en todo aquello que parece débil, frágil y sin importancia para quienes ambicionan el poder.

El tercer símbolo es el de la luz que vence la tiniebla y es típico en el Evangelio de Juan, porque sus comunidades estaban sumergidas en una cultura filosófica que entendía el mundo y la historia como una lucha entre el bien y el mal; entre la luz y las tinieblas. Por eso dirá en multitud de ocasiones que Jesús es la Luz que vence a las tinieblas, es decir, al dolor, la muerte, la soledad.

Los tres símbolos nos ayudan a comprender que la misión de Jesús consiste en trasformar situaciones de muerte en esperanza de vida.

El cristiano está «elevado», al frente de tantas personas con las que tiene relación, para ofrecerles motivos de vida y de esperanza. Y lo hará con la actitud de Jesús: ofreciéndose y entregándose, apreciando a los más débiles y necesitados.

El cristiano es Luz para iluminar el camino de los demás. No sólo predica, sino que guía, orienta, da testimonio y muestra senderos con el estilo de Jesús.

No siempre obramos correctamente y a veces nos cuesta reconocerlo. Así lo expresa Jesús al final del evangelio, con estas palabras: “La luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas”. Y así lo expresa también esta fábula que se titula: El caballo y el asno, que dice:

Un caballo muy orgulloso de sus ricos adornos, se encontró en un camino estrecho con un pobre asno que venía cargado desde muy lejos, y porque éste no le cedió el paso al momento, le dijo el caballo con arrogancia: Bestia vil, ¿por qué me impides el paso? No sé cómo no te mato a coces.

El asno espantado de la soberbia del caballo se apartó a un lado y le dejó pasar a su gusto.

Algún tiempo después el caballo enfermó y enflaqueció de tal manera que su amo le perdió el aprecio y dejó de utilizarle para lucir en las fiestas.

Entonces lo empleó para llevar estiércol, tirar del carro y trabajar en el campo, cambiando sus arneses bordados en albardas y aparejos de labor. Y así iba por los caminos molesto y fatigado.

Un buen día se tropezó con el asno a quien había insultado y entonces éste al ver su estado actual le dijo: ¿No eres tú aquel caballo que parecía estar muy por encima de los demás animales? ¿Dónde queda ahora tu soberbia y tu orgullo? ¿Dónde está tu silla dorada y tus brillantes arreos?

El caballo reconoció su orgullo y acabó pidiendo perdón al pobre asno.

A veces preferimos las tinieblas a la luz y obramos mal, pero el Señor nos da su luz y su gracia para reconocer nuestro error y ser capaces de pedir perdón.

Que esta sea siempre nuestra actitud.

Se lo pedimos con fe al Señor.

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