Mensaje dominical

DOMINGO DE RAMOS

EVANGELIO: Mc 11, 1-10

Cuando se aproximaban a Jerusalén, cerca ya de Betfagé y Betania, al pie del monte de los Olivos, envía a dos de sus discípulos, diciéndoles: “Id al pueblo que está enfrente de vosotros, y no bien entréis en él, encontraréis un pollino atado, sobre el que no ha montado todavía ningún hombre. Desatadlo y traedlo.

Y si alguien os dice: “¿Por qué hacéis eso?”, decid: “El Señor lo necesita, y que lo devolverá en seguida”.”

Fueron y encontraron el pollino atado junto a una puerta, fuera, en la calle, y lo desataron.

Algunos de los que estaban allí les dijeron: “¿Qué hacéis desatando el pollino?”

Ellos les contestaron según les había dicho Jesús, y les dejaron.

Traen el pollino donde Jesús, echaron encima sus mantos y se sentó sobre él.

Muchos extendieron sus mantos por el camino; otros, follaje cortado de los campos.

Los que iban delante y los que le seguían, gritaban: “”¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!”

Bendito el reino que viene, de nuestro padre David! “¡Hosanna “en las alturas!”

COMENTARIO: P. Manel Morancho, sdb

La entrada de Jesús en Jerusalén es un texto muy elaborado que presenta varios aspectos de Jesús Mesías. El texto muestra datos interesantes.

Monte de los Olivos.

La mención de este lugar no es sólo una información geográfica, sino teológica. El Monte de los Olivos era el lugar en el que, según la profecía de Zacarías, el Señor iba a poner los pies cuando regresara para regir el destino de Israel (Zac 14, 4). El evangelio cita este lugar no sólo porque por debajo de él pasara el camino de Betania y Betfagué (pequeñas aldeas cercanas a Jerusalén donde se escondía Jesús), sino para afirmar que Jesús es el Mesías, Dios presente en medio de su pueblo.

Montado en un borriquillo.

Con este gesto Jesús protesta contra la idea de un Mesías violento. Jesús debió conocer que le esperaban en Jerusalén para aclamarlo como Mesías político. Es entonces cuando, recordando un texto famoso del profeta Zacarías, decide entrar a lomos de un borriquillo.

¿Qué decía ese texto? “Alégrate, y mira a tu rey que viene a ti. Es justo y misericordioso, es humilde y cabalga sobre un borriquillo. Viene para romper los carros de guerra de Efraím y los caballos de Jerusalén. Tu rey romperá el arco que dispara saetas. El proclamará a los pueblos la paz…” (Zac 9, 9-10). Jesús nunca asumió la idea de un Mesías guerrillero. Quienes le conocieron percibieron que era un Mesías al estilo del Siervo de Yahvé; profeta enigmático que aparece en el libro de Isaías, y cuya misión fue cargar con las debilidades del pueblo y ofrecer su vida.

Alfombraban el camino con sus mantos.

Comenzó a utilizarse este gesto cuando el profeta Eliseo ungió como rey a Jehú, hacia el siglo VIII a.C. Cuando este rey subió las escaleras del templo, el

pueblo puso sobre ellas sus mantos, en señal de aceptación. Este gesto también lo realizarían en el futuro los guerrilleros zelotes ante su jefe. Poniendo el manto sobre el lugar por donde iba a pasar el jefe, expresaban la total disposición de sus personas a seguirle.

La elección del animal fue intencionada. En caballo o en mulo entraban los reyes en las ciudades; en carro, los guerreros. Jesús era rey, de la dinastía de David, pero no como los reyes de la tierra. No le iban ni el poder, ni la fuerza, ni la violencia. Por eso utilizó como montura un borrico, símbolo de mansedumbre y sumisión, según la profecía de Zacarías.

La gente que había oído hablar de Jesús, comenzó a gritar en el transcurso de aquella procesión: “Bendito el reino que llega, el de nuestro padre David”. Como si se tratase de un rey, “echaron encima del borrico los mantos y Jesús se montó. Muchos alfombraron el camino con sus mantos, otros con ramas cortadas en el campo”. Con este gesto daban a entender que ponían a disposición del nuevo rey su propia vida, desde el momento de su entrada oficial en la ciudad.

La gente del pueblo no le hizo ningún favor a Jesús al aclamarle como “Rey”. No olvidemos que Jerusalén en aquel tiempo estaba gobernada por José Caifás, Sumo Sacerdote. Y en Israel fue siempre proverbial la lucha entre la monarquía y el gobierno sacerdotal. Cuando el Sumo Sacerdote y demás dirigentes ven que Jesús es aclamado como descendiente de David, intuyen que la situación comienza a ser peligrosa para sus intereses políticos. Tal vez en este momento deciden eliminar a Jesús.

Nosotros también le aclamamos hoy como nuestro Rey y Mesías, como aquel que dará la vida para nuestra salvación.

Que Él nos dé fuerzas para seguirle y vivir como Él.

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