Mensaje dominical

6to DOMINGO DE PASCUA

EVANGELIO: Jn 15, 9-17

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: «Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.

Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud.

Éste es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando.

Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer.

No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure. De modo que lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo dé. Esto os mando: que os améis unos a otros».

COMENTARIO: P. Manel Morancho, sdb

En el Antiguo Testamento, la relación de la persona humana con Dios se expresaba en términos de sumisión. Jesús, por el contrario, excluye la adhesión a Él como la de siervos que respetan a su amo. La relación entre la persona humana y Dios pasa a ser entendida como amistad.

La causa de la crisis de nuestra sociedad tal vez sea la falta de amor. Muchas relaciones sociales carecen de ese sentimiento que nos acerca y nos permite reconocer en los demás a hermanos e hijos de un mismo Padre.

Con demasiada frecuencia vemos en el otro a un competidor.

Es urgente volver al mandamiento del amor. Es urgente ponerle a esta sociedad un «suplemento de alma»: el amor. Tan sólo cuando el amor y la solidaridad sean las alternativas que superen la competencia y la supervivencia del más fuerte: «la alegría será completa»…

«Alegría» era para el pueblo de Israel una de las características fundamentales del Reino de Dios, es decir, de ese tiempo nuevo en el que florecerá la misericordia, la justicia y el derecho por encima del odio y la intransigencia.

Cuando el amor de Cristo arraiga en el interior de una persona, los efectos no se hacen esperar: renacen las esperanzas, crece el sentido positivo de la vida y la alegría aparece con fuerza. La alegría que no nace desde lo profundo de la persona, es una realidad engañosa.

Nuestra cultura propone alegrías superficiales que desaparecen pronto, dejando el sabor contrario, una especie de desencanto.

Nuestra cultura subraya esa alegría que brota de poseer objetos de consumo y de gozar de elevadas cotas de bienestar. Las cosas y el bienestar material no colman las más profundas aspiraciones de la persona.

La alegría de la que habla Jesús es un don permanente que anida en el interior, llenándolo todo, porque ayuda a crecer y a madurar en el camino de la vida. Jesús no la llama “alegría” simplemente. La llama “mi alegría”. La alegría que da Jesús no es una alegría cualquiera. Es la alegría que nace de sentirse amado por Dios.

El cristiano crea un ambiente de alegría. Es capaz de traducir el gozo de sentirnos amados por Dios, a realidades concretas.

Es muy importante vivir la alegría y al sentido positivo de la vida. El cristiano debe presentar un tipo de alegría nacida de la profundidad de la persona.

La auténtica alegría nace de la donación personal frente al egoísmo, del perdón frente a la venganza, de la cooperación frente a la competitividad, del esfuerzo por construir un mundo mejor frente a la apatía.

“Esto os mando: que os améis unos a otros”. “A vosotros os llamo amigos”.

Ser amigo de Jesús es tener amistad íntima con Él.

Se puede acabar la reflexión con una fabula titulada: El perro y el lobo.

Un lobo flaco y hambriento, se encontró casualmente con un perro gordo y bien cuidado. Después de saludarse mutuamente preguntó el lobo al perro, cómo era que estaba tan gordo cuando él, que era más fuerte y valiente, se moría de hambre.

Sirvo a un amo que me cuida mucho, respondió el perro. Me trae pan sin pedirlo, me echan huesos de los que sobran en la mesa, y la familia me arroja mendrugos y otros alimentos; así, sin fatiga, lleno la panza.

Te veo muy feliz, dijo el lobo. Viendo el perro que al lobo le apetecía su suerte, le respondió: Si quieres puedes lograr la misma fortuna sirviendo a mi amo como yo le sirvo, guardando la puerta y defendiendo la casa de los ladrones.

De acuerdo, dijo el lobo, pues ahora ando expuesto a las nieves y lluvias, pasando una vida trabajosa en los montes y con poca comida.

Pues vente conmigo, dijo entonces el perro. Mientras caminaban, reparó el lobo que el cuello del perro estaba pelado del roce de la cadena y le dijo: ¿de qué es esto, amigo?, dime la verdad.

No es nada, respondió el perro, como saben que soy travieso, me atan por el día para que descanse y cuando llega la noche me sueltan y ando por donde se me antoja.

Bien, dijo el lobo. ¿Y si quieres salir de casa, te dejan?

Eso no, respondió el perro. Pues si no eres libre, replicó el lobo, disfruta tú de esos bienes y seguridades que tanto alabas, que yo no los quiero si he de sacrificar mi libertad para lograrlos.

La libertad es lo más grande que hay y Dios quiere nuestra libertad. Por eso nos dice Jesús: “Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer”.

Que así lo vivamos cada día. Se lo pedimos con fe al Señor.

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