Mensaje dominical

PENTECOSTÉS

EVANGELIO: Jn 20, 19-23

Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: “Paz a vosotros”.

Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: “Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”.

Y dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos”.

COMENTARIO: P. Manel Morancho, sdb

En el calendario cristiano, la fiesta de Pentecostés conmemora el envío del Espíritu Santo, cincuenta días después de la resurrección del Señor.

Si la Pascua y Resurrección de Jesús ha sido como un Nuevo Éxodo y una nueva liberación de la esclavitud, cincuenta días después celebramos la nueva Alianza, las nuevas leyes de la fraternidad que nos llevan a construir un mundo más solidario con la ayuda del Espíritu del Señor.

El pequeño grupo de discípulos se encontraba atemorizado, desanimado, después de la tragedia de la crucifixión y muerte de Jesús, “con las puertas cerradas por miedo a los judíos”.

Pero entonces “llegó Jesús”. El crucificado se manifiesta vivo entre ellos. La comunidad experimenta la alegría de la resurrección. El Resucitado está presente en medio de la comunidad, pero no para que ellos se complazcan en sí mismos y se mantengan encerrados. Él los envía como testigos de la Vida: «como el Padre me envió a mí, así os envío a vosotros».

En el evangelio de Juan, el don del Espíritu Santo está asociado también al perdón de los pecados. Porque el pecado es el signo de todos los males que nos pueden afligir a los seres humanos. El pecado es la injusticia, la opresión, la violencia y la muerte. Él es la causa de todas nuestras lágrimas. Cuando el Espíritu de Dios perdona nuestros pecados volvemos a nacer y el mundo se renueva.

Terminamos la celebración del tiempo pascual y empieza el tiempo ordinario.

Desde hace unos cuantos años, las empresas, les entidades,… están trabajando para obtener un certificado con sello de calidad, la llamada ISO.

¿Y en la fe? ¿Hay un sello de calidad? Jesús nos dejó una marca que no se ve, pero se nota: la marca del Espíritu Santo. “Recibid el Espíritu Santo.”

¿Dejo que los demás noten y vean mi sello de calidad cristiana, mi marca del Espíritu?

Pero… ¿Qué es el Espíritu? ¿Cómo hablar del Espíritu Santo? ¿Cómo descubrir su acción en nosotros? ¿Cómo entender la presencia de Dios en mi interior? ¿Cómo explicar que actúa en la Iglesia y en el mundo? ¿Dónde lo puedo encontrar? ¿Qué es para mí?…

Los creyentes a lo largo de la historia hemos creído en la presencia vivificante

del Espíritu, y a la hora de manifestarlo, hemos utilizado muchos lenguajes y signos porque no había palabras que pudieran expresar la totalidad de su contenido.

El Espíritu no tiene rostro, ni siquiera un nombre que pueda evocar una figura humana.

El Espíritu es como el VIENTO que sopla a donde quiere, como el aliento de vida que penetra en nosotros.

El Espíritu es como el AGUA que purifica, que quita la sed, que fecunda la tierra.

El Espíritu es como FUEGO irresistible que todo lo pone en movimiento.

El Espíritu es como el ACEITE que todo lo impregna, hasta lo más duro.

El ESPÍRITU es ROSTRO, es VIENTO, es AGUA, es FUEGO, es ACEITE…

Pero es que Dios no queda definido en una palabra, ni en un concepto, ni en una frase… El Espíritu llega a nuestra persona en la medida que le dejamos hacer, que le dejamos actuar.

Si notas una brisa del cielo de un viento que mueve las puertas, escucha la voz que te llama y te invita a caminar lejos. Es fuego que nace en quien sabe esperar, en quien sabe alimentar esperanzas de amor.

Eran pobres hombres y mujeres, como tú, como yo, que habían echado las redes al lago. Sabemos que entre ellos no había ningún doctor y aquel a quien llamaban Maestro estaba muerto y sepultado.

Eran pobres hombres y mujeres, como tú, como yo, oprimidos; tenían los ojos llenos de lágrimas. Pensaban sin duda en el amigo perdido, en la cruz levantada en la cima de la montaña.

Y el viento llamó a la puerta de la casa; entró como un rayo por toda la sala y se llenaron los ojos y el corazón de fuego; salieron a la calle gritando de alegría.

Hombre, mujer que esperas escondido en la sombra, la voz que canta es para ti, te trae la alegría de una buena noticia: ¡El Reino de Dios ha llegado ya!

Que tengamos el corazón bien abierto para recibir la fuerza de Jesús que nos envía a dar testimonio del Evangelio.

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