Mensaje dominical

CORPUS CHRISTI

EVANGELIO: Mc 14, 12-16.22-26

El primer día de los Ázimos, cuando se sacrificaba el cordero pascual, le dijeron a Jesús sus discípulos: «¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de Pascua?»

Él envió a dos discípulos, diciéndoles: «Id a la ciudad, encontraréis un hombre que lleva un cántaro de agua; seguidlo y, en la casa en que entre, decidle al dueño: «El Maestro pregunta: ¿Dónde está la habitación en que voy a comer la Pascua con mis discípulos?» Os enseñará una sala grande en el piso de arriba, arreglada con divanes. Preparadnos allí la cena».

Los discípulos se marcharon, llegaron a la ciudad, encontraron lo que les había dicho y prepararon la cena de Pascua. Mientras comían, Jesús tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio, diciendo: «Tomad, esto es mi cuerpo». Tomando una copa, pronunció la acción de gracias, se la dio, y todos bebieron. Y les dijo: «Ésta es mi sangre, sangre de la alianza, derramada por todos. Os aseguro que no volveré a beber del fruto de la vid hasta el día que beba el vino nuevo en el reino de Dios».

Después de cantar el salmo, salieron para el monte de los Olivos.

COMENTARIO: P. Manel Morancho, sdb

Desde que se siembra el trigo hasta que se corta la rebanada de pan en la mesa de nuestra casa hay un largo camino. El pan es uno de los alimentos en el mundo que requieren mayor cantidad de trabajo. ¿Por qué desde los tiempos más antiguos los pueblos se habrán tomado tanto trabajo para preparar esta comida tan simple y básica?

Cualquiera que sea la razón, el pan no es sólo una parte más de nuestra dieta. Es también parte de nuestras vidas. Ha entrado a formar parte incluso de nuestro lenguaje. Ocupa mucho espacio en el diccionario.

Es parte de nuestras vidas no sólo en un sentido práctico. Forma también parte de nuestra intimidad. Es difícil, por ejemplo, pensar en el pan y no acordarse del hogar que tal vez hace muchos años quedó atrás, en la familia reunida en torno a la mesa, de la experiencia gratificante del pan crujiente y recién hecho…

Jesús no escribió ningún libro. El primer evangelio se escribió al menos 30 ó 40 años después de su muerte. Sin embargo, nos dejó algo que habla con más fuerza que cualquier palabra: El signo del pan y del vino compartidos sobre una mesa de fraternidad.

La Eucaristía es capaz de aludir silenciosamente a miles de experiencias en nuestras vidas. Se fundamenta en el simbolismo natural del pan, con todas las asociaciones que provoca en nosotros. Reconoce que somos personas individuales y al tiempo es una poderosa llamada a compartir nuestra vida con los demás. La Eucaristía mantiene unidos esos dos aspectos de nuestra vida, el individual y el comunitario.

A través de, y más allá de este signo, sentimos la presencia de Jesús en medio de nosotros, su comunidad.

Jesús quiso celebrar la primera Eucaristía en el ambiente de la fiesta de Pascua que celebraba tradicionalmente el pueblo de Israel.

El pan formaba parte de la historia del pueblo de Dios: Dios les alimentó con el «maná» en el desierto.

Existía la creencia de que, cuando el Mesías viniera, alimentaría a su pueblo con pan. En este contexto fue en el que Jesús dijo: «Yo soy el pan de vida».

No podemos separar la Eucaristía de la Pascua judía. Jesús quiso celebrar la Última Cena en Pascua, que significa que Dios se acuerda de su pueblo, que le libera, que se hace caminante con él, que le enseña unas leyes para vivir en fraternidad… Celebrar la fiesta del Corpus es sumergirnos en todo ello.

Jesús decide quedarse entre nosotros en forma de los alimentos más cuotidianos de la cultura mediterránea: el pan y el vino compartidos.

Destaca la sencillez de estos elementos escogidos por Jesús para permanecer con nosotros para siempre. Dos elementos cargados de valor simbólico que Jesús utiliza para convertirlos en memorial de su vida, su muerte y su resurrección, en identificarlos con su cuerpo y su sangre.

El pan y el vino de la eucaristía, nuestro alimento imprescindible para vivir como cristianos y seguidores de Jesús.

Hay una historia que nos hace ver que no podemos prescindir de aquello que es imprescindible. Se titula: La lámpara del minero.

Un picador bajaba cada día a las entrañas de la tierra para excavar en la mina de carbón.

Una tarde cuando salía a la superficie, a través de una galería tortuosa e incómoda, la lámpara se le cayó y se rompió en mil pedazos. En un primer momento el picador casi se alegró: “Menos mal. No sabía qué hacer ya con esta lámpara. Estaba harto de llevarla siempre conmigo, preocupado por no saber dónde ponerla mientras picaba, fastidiado al tener que pensar constantemente en ella durante el trabajo. Ahora tengo un estorbo menos. Me siento mucho más libre. Y además…, llevo haciendo este camino durante años. No voy a perderme ahora”.

Pero el camino pronto lo traicionó. A oscuras era muy distinto. Dio algunos pasos, pero en seguida tropezó contra el encofrado de una pared.

Se quejó extrañado. ¿No era aquella la misma galería de siempre? ¿Cómo es que se había equivocado tan pronto? Intentó volver al punto de partida, pero todo fue inútil. Se echó a suelo y empezó a andar a gatas. Se hizo daño y heridas en manos y rodillas. Se echó a llorar.

Sintió entonces una nostalgia enorme por su lámpara. Tuvo que esperar, humillado a que viniese alguien para ayudarle a salir a la superficie, con una simple lámpara.

Damos gracias al Señor cada día por el alimento del Pan y de la Palabra.

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