Mensaje dominical

14 DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

EVANGELIO: Mc 6, 1-6

En aquel tiempo, Jesús fue a su tierra en compañía de sus discípulos. Cuando llegó el sábado, se puso a enseñar en la sinagoga, y la multitud que lo escuchaba se preguntaba con asombro: ¿Dónde aprendió este hombre tantas cosas? ¿De dónde le viene esa sabiduría y ese poder para hacer milagros? ¿Qué no es éste el carpintero, el hijo de María, el hermano de Santiago, José, Judas y Simón? ¿No viven aquí, entre nosotros, sus hermanas? Y estaban desconcertados.

Pero Jesús les dijo: Todos honran a un profeta, menos los de su tierra, sus parientes y los de su casa. Y no pudo hacer allí ningún milagro, sólo curó a algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y estaba extrañado de la incredulidad de aquella gente. Luego se fue a enseñar en los pueblos vecinos.

COMENTARIO: P. Manel Morancho, sdb

¡Qué experiencia más amarga debió de sufrir el Señor en la Sinagoga de Nazaret al ser rechazado por su mismo pueblo! Tan amarga que se sorprendió de su falta de fe. Tanto debió marcarle, que Lucas inserta este hecho al principio de la vida pública (Lc 4, 16-30).

¿Por qué fue rechazado en Nazaret? ¿Por qué los suyos no lo aceptaron a pesar de haber oído antes hablar de sus milagros? ¿Por qué el pueblo judío, como tal, rechazó a Jesús y fue condenado a muerte?

El evangelio de Marcos describe tres ocasiones en las que Jesús entró en una sinagoga.

La primera (Mc 1, 21-28) cuando libera a un hombre de un espíritu inmundo.

La segunda (Mc 3, 1-6) cuando cura a un hombre que tenía un brazo atrofiado, devolviéndole su autonomía y capacidad de trabajo. Y lo hace a pesar de ser sábado.

La tercera (Mc 6, 1-6) es el texto que leemos hoy. Sus paisanos, tal vez influenciados por los fariseos, no lo admiran como en la primera ocasión. Se refieren a él con un despectivo “éste”, sin pronunciar ni siquiera su nombre.

Por eso Jesús no entrará nunca más en una sinagoga. Como profeta rechazado por los suyos (sus paisanos, sus parientes y los de su casa) sabe que no hay tiempo que perder, pues su sentencia de muerte está ya dictada.

Creer en Jesús nos parece lo más natural, a la vez que lo más indispensable y necesario: necesitamos de Él como sentimos necesidad del sol, del aire o del alimento diario.

Pero si abrimos los ojos a nuestro mundo, vemos con preocupación cómo la sociedad se descristianiza progresivamente, cómo se extiende la indiferencia religiosa, el relativismo de la moral y el hecho de prescindir abiertamente de Dios en la propia vida.

No es fácil dar testimonio de nuestra fe delante de ciertos ambientes, con nuestros amigos, conocidos, compañeros, ya que la incomprensión, el escepticismo, pueden ser barreras que nos cueste superar.

Todos nosotros creemos en Jesús como el Hijo de Dios y vemos como lo más natural de nuestra vida profesar esta fe en la divinidad de Jesús. Él tiene un papel central para nosotros.

Estamos tentados a pensar que en otros tiempos, vividos tal vez por nosotros, no pasaba esto, y no acertamos a dar con la clave de lo que está pasando en nuestra sociedad. Sin embargo, por lo que hemos escuchado en el evangelio, la falta de fe o el rechazo a Jesús viene desde antiguo.

La fe en Dios, en Jesús, nos ayuda a luchar y a llegar hasta donde ni podemos imaginar.

Así lo vemos en esta pequeña historia que se titula: El Náufrago. El único sobreviviente de un naufragio llegó a la playa de una diminuta y deshabitada isla.

Él oró fervientemente a Dios pidiéndole ser rescatado, y cada día escudriñaba el horizonte buscando ayuda, pero no parecía llegar.

Cansado, finalmente optó por construirse una cabaña de madera para protegerse de los elementos y almacenar sus pocas pertenencias.

Un día, tras de merodear por la isla en busca de alimento, regresó a casa para encontrar su cabañita envuelta en llamas, con el humo ascendiendo hasta el cielo. Lo peor había ocurrido… lo había perdido todo. Quedó anonadado con tristeza y rabia.

“Dios: ¡cómo me pudiste hacer esto a mí!” Se lamentó. Temprano al día siguiente, sin embargo, fue despertado por el sonido de un barco que se acercaba a la isla. Había venido a rescatarlo.

“¿Cómo supieron que estaba aquí?” Preguntó el cansado hombre a sus salvadores.

“Vimos su señal de humo”, contestaron ellos.

El náufrago, gracias a la fe y a la señal del humo, pudo salvar su vida.

Jesús se cansó de hacer signos y milagros entre los suyos, porque les faltaba fe y fue a enseñar a otros pueblos vecinos. Esto mismo nos puede pasar a nosotros. La fe mueve montañas, pero la falta de fe, nos separa de Dios y de los demás.

Que el Señor nos dé la fe que necesitamos para reconocerlo siempre presente entre nosotros y reconocer también todos los signos y prodigios que obra en nuestras vidas. Él está aquí, en la Palabra y en la eucaristía. Se trata de verlo, reconocerlo y vivirlo cada día.

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