Mensaje dominical

19 DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

EVANGELIO: Jn 6, 41-52

En aquel tiempo, los judíos criticaban a Jesús porque había dicho: Yo soy el pan bajado del cielo, y decían: ¿No es este Jesús, el hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su madre?, ¿cómo dice ahora que ha bajado del cielo? Jesús tomó la palabra y les dijo: No critiquéis. Nadie puede venir a mí, si no lo trae el Padre que me ha enviado. Y yo le resucitaré el último día. Está escrito en los profetas: Serán todos discípulos de Dios. Todo el que escucha lo que dice el Padre y aprende, viene a mí. No es que nadie haya visto al Padre, a no ser el que viene de Dios: este ha visto al Padre. Os lo aseguro: el que cree, tiene vida eterna. Yo soy el pan de vida. Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron: este es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo: el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo le daré es mi carne, para la vida del mundo.

COMENTARIO: P. Manel Morancho, sdb

Jesús, se nos anuncia, se nos ofrece como el Pan de Vida. Pero… ¿de qué vida? Es la Vida de Cristo en la Eucaristía. Allá lo podemos encontrar, esperándonos para ser comido, esperando a la puerta de nuestro corazón, paciente y con un inmenso amor. Y después de esto, la Vida eterna: “Quien coma de este Pan, vivirá para siempre” (Jn 6, 58). ¿Qué más queremos?

Preguntémonos con sinceridad: Y yo, ¿qué vida quiero para mí? Y comparémosla con la orientación real con que vivimos. ¿Es esto lo que quería? ¿No crees que el horizonte puede ser aún más ancho?

Juan nos presenta un Jesús que se revela como “pan de vida”, causando estupor entre los judíos que lo conocen desde pequeño.

Para ellos el Pan de Dios representa el maná que ofrecieron a sus padres en el desierto, un pan material, que les solucionaba una necesidad corporal. Jesús utiliza esta expresión para presentarse como el auténtico pan que sacia la necesidad espiritual de la persona para llegar a Dios. Los judíos murmuran contra la persona de Jesús al contrastar la visión mundana que tienen de Él con la realidad trascendente y llamativa con que se manifiesta. Este murmurar deja ver claramente la incredulidad y la incomprensión de los que conocen al hijo de José, un hombre como todos, pero no el Hijo de Dios.

Nos dice Jesús: “la vida eterna es que te crean a Ti, el único Dios verdadero, y aquel que Tú has enviado, Jesucristo.” (Jn 17,3).

La palabra “conocer” en la terminología bíblica significa mucho más que el conocimiento ideológico mental, significa comunicación interpersonal. Esta comunicación lleva grados de comunión según sea la implicación de los que se comunican. Por parte de Dios la implicación en Jesús es total (Dios en nosotros), la comunión lleva a la unión y de la unión al Amor.

Todo en Jesús es manifestación de su amor a cada uno de nosotros, y este amor es el mejor alimento que podemos recibir. Por eso necesitamos entrar en su presencia cada día, en su intimidad. Sus palabras, la acogida cálida que ofrece a cualquiera de nosotros en las distintas circunstancias en las que nos

encontramos, el Espíritu y la paz que nos ofrece, suponen el mejor alimento para nuestras pobres vidas.

Así lo expresa esta historia que se titula: Avivemos nuestra llama espiritual.

Cuentan que un rey muy rico de la India tenía fama de ser indiferente a las riquezas materiales. Un súbdito quiso averiguar su secreto. El rey le dijo: “Te lo revelaré, si recorres mi palacio para comprender la magnitud de mi riqueza. Pero lleva una vela encendida. Si se apaga, te decapitaré”. Al término del paseo, el rey le preguntó: “¿Qué piensas de mis riquezas?” La persona respondió: “No vi nada. Sólo me preocupé de que la llama no se apagara”.

El rey le dijo: “Ese es mi secreto. Estoy tan ocupado tratando de avivar mi llama interior, que no me interesan las riquezas de fuera”.

Jesús, con su presencia viva, íntima, sus palabras, constituyen el mejor alimento que nos ilumina y nos guía, que nos anima y conforta.

Con la fuerza de este alimento podemos muy bien vencer en la lucha diaria y hacer el bien a nuestro alrededor.

Acabo con una oración que dice: Padre, haz de mí un hambriento.

Que tenga hambre de justicia y de paz, que tenga hambre de fraternidad y de humildad, que tenga hambre de alegría y de vida en abundancia, que tenga hambre de amar y de ser querido, que tenga hambre de ser perdonado, que tenga hambre de comprender a los demás y de perdonar, que tenga hambre de ti, ¡oh Señor!

Que así lo experimentemos. Se lo pedimos con fe al Señor.

Etiquetas: , ,

Deja un comentario