Mensaje dominical

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Ascensión del Señor

Después de la muerte de Jesús tan sólo hay un hecho central: la resurrección de Jesús. Pero este acontecimiento es tan profundo que precisa ser asimilado por etapas.La experiencia que tuvo la Iglesia primitiva de la resurrección de Jesús fue tan rica que dejó muchas huellas. Los primeros cristianos intentaron explicar esta experiencia nueva con distintos relatos y signos. Señalamos algunos de estos relatos narrados por los primeros discípulos:
1.    La resurrección expresada con el símbolo del sepulcro vacío.
2.    La transformación de la persona de Jesús, con el encuentro con María Magdalena y los discípulos miedosos y con las puertas cerradas.
3.    Jesús que camina con los discípulos de Emaús, y parte con ellos el pan.
4.    El encuentro con los discípulos y la conversión de Tomás…
5.    La Ascensión de Jesús a los cielos como signo de la divinidad de Jesús.

La ascensión trajo una gran lección para los discípulos: Les mostró que la presencia física del Maestro debía desaparecer, para dar paso a una presencia espiritual e interior. Cuando los discípulos experimentaron esta realidad, su debilidad se convierte en fortaleza, su tristeza en alegría y su temor en testimonio. Esto es lo que nos dice el evangelio de Lucas.

La Ascensión, al inicio del libro de los Hechos de los Apóstoles, sirve también para corregir a los discípulos que miran alelados al cielo. Nos muestra el deseo de Cristo resucitado de que su Iglesia mire hacia la tierra, donde queda su gran Misión: anunciar la Buena Noticia a tantos seres humanos que sufren en el cuerpo y en el espíritu, y arrebatar a los poderes institucionales tanta vida consumida por la ambición y tanta sangre derramada por la violencia.
El cristiano desarrolla su misión «mirando hacia abajo».
Levantar la mirada excesivamente hacia «lo alto» es olvidar la realidad de nuestra misión y de nuestro compromiso.
Jesús se despide de sus discípulos a nivel físico, ya no le verán más de forma física, pero sí notarán su presencia espiritual, aquella fuerza interior del Espíritu que los lanza a predicar y anunciar el Evangelio por todas partes.
Esto mismo es lo que debemos notar y sentir nosotros. Su presencia viva en nuestro corazón, en nuestra vida interior y unas ganas inmensas, también, de darlo a conocer a todo el mundo.
Porque…
Si vas por la vida agobiado…
Si te dedicas al trabajo con resignación…
Si estás en la Iglesia por costumbre…
Si haces del amor una rutina… y en el tiempo libre te aburres…
Dice Dios: ¿En qué se nota que eres hijo mío?
La eucaristía nos dará fuerzas para ser sus testigos, no lo dudemos.

P. Manel Morancho, sdb

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