Mensaje domonical

20 DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

EVANGELIO: Lc 12, 49-53

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «He venido a prender fuego en el mundo, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo! Tengo que pasar por un bautismo, ¡y qué angustia hasta que se cumpla! ¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división. En adelante, una familia de cinco estará dividida: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra».

COMENTARIO: P. Manel Morancho, sdb

1.- “¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra? No, sino división”.

Son palabras que, de momento, nos desconciertan. Constantemente decimos que Jesús es benévolo y humilde de corazón, que siempre quiere la paz, y hoy dice que viene a traer la guerra. Y a más, con que apasionamiento lo dice.

Evidentemente, Jesús quiere que las personas sean capaces de vivir en paz y como hermanos.

Pero no hay que confundir las cosas. Puede haber una paz y una unión falsas, no queridas por Jesús.

Si, para evitar problemas y complicaciones, no protestáramos contra la mentira y la injusticia, entonces, tal vez, evitaríamos las crispaciones. Es posible. Pero sólo sería una paz y una unión aparentes, falsas. Ciertamente no sería la paz de Jesús.

La paz de Jesús, es la única que es sólida y firme. Porque tiene en cuenta los derechos y la dignidad de todos y no sólo de una minoría que se aprovecha de los otros.

2.- “En adelante, una familia de cinco estará dividida”.

Para construir la paz de Jesús, hay que aceptar el evangelio con todas sus consecuencias y esto tiene un precio.

Si me esfuerzo para ser fiel a Jesús, según qué decisiones tome, puede suceder que no estén de acuerdo algunas de las personas que me rodean. Y entonces se puede crear a mi alrededor un clima hostil y de pocas amistades.

Jesús nos pide que, ante estas situaciones, no cedamos. Él no nos pide que seamos violentos o destructores, pero sí que defendamos los valores del evangelio. Y que lo hagamos con tanta firmeza, que no nos volvamos atrás, aunque haya personas cercanas a nosotros que no lo entiendan.

3.- “He venido a prender fuego a la tierra”.

El fuego, en la Biblia, es signo de Dios. Es este fuego el que Jesús viene a encender. El fuego de Dios, que no es un fuego destructor, sino purificador.

A través de la Palabra de Jesús y de su Espíritu, se va destruyendo el mal que hay en nosotros y se van purificando nuestros corazones.

Y un corazón purificado es el único capaz de irradiar la paz de Jesús: la única paz verdadera.

Jesús promete la paz «que el mundo no puede dar». A menudo esa paz tiene que empezar destruyendo las falsas «paces» a las que tan fácilmente nos acostumbramos y nos acomodamos.

El cristiano no sólo habla de paz, sino que crea un ambiente de paz.

Para que exista paz se deben eliminar aquellas situaciones que crean ambientes de temor, que marginan a unos cuantos excluidos.

Esta historia que nos habla en este sentido, se titula: Historia de un samurai.

Cerca de Tokio vivía un gran samurai ya anciano, que se dedicaba a enseñar a los jóvenes. A pesar de su edad, corría la leyenda de que todavía era capaz de derrotar a cualquier adversario.

Cierta tarde, un guerrero conocido por su total falta de escrúpulos, apareció por allí. Era famoso por utilizar la técnica de la provocación: Esperaba a que su adversario hiciera el primer movimiento y, dotado de una inteligencia privilegiada para reparar en los errores cometidos, contraatacaba con velocidad fulminante.

El joven e impaciente guerrero jamás había perdido una lucha. Con la reputación del samurai, se fue hasta allí para derrotarlo y aumentar su fama.

Todos los estudiantes se manifestaron en contra de la idea, pero el viejo acepto el desafío.

Juntos, todos se dirigieron a la plaza de la ciudad y el joven comenzaba a insultar al anciano maestro. Arrojó algunas piedras en su dirección, le escupió en la cara, le gritó todos los insultos conocidos, ofendiendo incluso a sus antepasados.

Durante horas hizo todo por provocarlo, pero el viejo permaneció impasible. Al final de la tarde, sintiéndose ya exhausto y humillado, el impetuoso guerrero se retiró.

Desilusionados por el hecho de que el maestro aceptara tantos insultos y provocaciones, los alumnos le preguntaron: -¿Cómo pudiste, maestro, soportar tanta indignidad? ¿Por qué no usaste tu espada, aun sabiendo que podías perder la lucha, en vez de mostrarte cobarde delante de todos nosotros?

El maestro les preguntó: Si alguien llega hasta ustedes con un regalo y ustedes no lo aceptan, ¿a quién pertenece el obsequio? A quien intentó entregarlo, respondió uno de los alumnos. Lo mismo vale para la envidia, la rabia y los insultos, dijo el maestro. Cuando no se aceptan, continúan perteneciendo a quien los llevaba consigo.

Etiquetas: ,

Deja un comentario