Fundador

“Don Bosco consolida su obra”


Una jornada en el Oratorio
El Arzobispo estuvo feliz de renovar todos los permisos al Oratorio: en la capilla Pinardi se podía administrar los sacramentos y celebrar la Eucaristía. Viendo esta benevolencia y la sede estable, los colaboradores que habían abandonado a Don Bosco empezaron a volver.
Temprano en la mañana, los días festivos, Don Bosco abría la pequeña iglesia y confesaba hasta la hora de la misa, en cuya homilía presentaba la Historia Sagrada. La narraba por episodios, en una forma sencilla y popular: los chicos la esperaban con alegría, de ella gustaban también los adultos y hasta los mismos sacerdotes. Después de la misa había clases hasta el mediodía. A la una, un poco de recreo y, a las dos y media, el catecismo. Se concluía con las vísperas y una breve charla que invitaba a los muchachos a practicar una virtud durante la semana. Seguía el tiempo libre en que todos podían jugar en el patio o, si querían, atender lecciones de canto o de lectura. Don Bosco se valía de estos larguísimos recreos para acercarse a los chicos, interesarse de su vida y decirles una buena palabra.
El Marqués de Cavour trató una vez más de acabar con el Oratorio, pero el Rey Carlos Alberto comunicó, a través de un delegado suyo:
–    El Rey quiere que estas reuniones festivas sean ayudadas y protegidas. Si hay peligro de algún desorden, búsquese la forma de prevenirlo y de impedirlo.
Desde ese día los guardias del Rey frecuentaron el Oratorio en los días festivos. ¿Resultado? ¡También ellos se ponían en fila en el confesonario de Don Bosco!
La escuela para los chicos analfabetas no podía ciertamente bastar una vez por semana, ya desde tiempo Don Bosco la hacía cotidiana con la fórmula nocturna. Pero el problema eran los libros que, con excepción del catecismo, no eran accesibles para muchachos sencillos. Las homilías del domingo se transformaron entonces en la Historia Sagrada para uso de las escuelas, un libro de texto popular, rico de episodios útiles para los alumnos y capaz de poner en luz los elementos fundamentales de la fe. Nacieron además El sistema métrico decimal simplificado y El joven instruído. El estudio que, con interés y sudor, Juancito Bosco había realizado, daba ahora sus primeros frutos.

Don Bosco está mal
La jornada de Don Bosco era muy dura. Terminado el trabajo en el Hospital del Cottolengo y en el Refugio de la Marquesa, se quedaba levantado hasta muy avanzada la noche escribiendo libros para sus muchachos. Apenas podía, iba a verlos en las cárceles y en los sitios donde trabajaban. En fin: les dedicaba todo su tiempo. El exceso de esfuerzo amenazaba minar seriamente su salud. Don Borel lo envió a descansar donde un amigo suyo, párroco cerca de Superga, pero también allí los chicos iban a buscarlo.
–     Al regreso – narra Don Bosco – fui víctima de una grave postración. Tuvieron que llevarme a la cama. Estaba seriamente enfermo. En ocho días me hallé entre la vida y la muerte.
En cuanto se supo la noticia, centenares de muchachos llegaron a su cabecera a pedir informes. Lloraban sin interrupción y no querían alejarse. Muchos de ellos hicieron sacrificios, ayunos y promesas a la Virgen. Y Ella los escuchó.
Esa enfermedad le cayó en julio de 1846, cuando vivía aún en el Refugio. Después habría pasado a Valdocco. Pero antes fue a los Becchi, para algunos meses de convalecencia en casa de sus familiares.

Mamá Margarita y la nueva familia
En poco tiempo mamá Margarita lo volvió a la normalidad. Los jóvenes seguían yendo a verlo también en los Becchi y, ahora que estaba mejor, debía volver. Habían quedado libres dos cuartitos en Casa Pinardi y quería alquilarlos. Conociendo a  su madre se atrevió a decirle:
–    Mamá, tengo que ir a vivir en Valdocco. Debería contratar a una  persona de servicio, pero en esa casa habita gente de la que un sacerdote no puede fiarse. ¿Puedes venir tú?
–    Si crees que ésta sea la voluntad del Señor, estoy lista para ir contigo.
Margarita hacía un sacrificio enorme. Allí donde estaba era una reina, los nietos que siempre había deseado la rodeaban de afecto, se trataba de una elección heroica. Metieron sus pocas cosas en una canasta y emprendieron el camino hacia Valdocco. Margarita transformó su ajuar de esposa en ornamentos y vestiduras litúrgicas para la capillita. Comenzó, junto con el hijo, a remendar la ropa de los pobres albañiles que pedían ayuda a Don Bosco, y a cuidarlos. El domingo era más hermoso en el Oratorio, ¡ahora los chicos tenían también una mamá!
Una noche lluviosa de mayo golpeó a la puerta un chico sobre los 15 años:
–    Soy un pobre huérfano. Vengo de la Valsesia en busca de trabajo. Ya no tengo nada.
–    ¿Y ahora dónde quieres ir? – le preguntó Don Bosco.
–    No sé. Por favor, déjenme pasar la noche en un rincón.
El pobre rompió a llorar, también la buena mamá se conmovió. Don Bosco, tras asegurarse que no habría robado nada como ya había sucedido con otros, dijo:
–    Mamá, si estás de acuerdo lo hacemos dormir aquí.
–    ¿Aquí dónde?
–    En la cocina.
–    ¿Y si se lleva las ollas?
–    Haré que no suceda.
–    Entonces, de acuerdo.
Mamá Margarita, con un poco de paja, preparó una cama para el muchacho y, antes de acomodarle las frazadas, le enseñó algunas oraciones. Nacía en ese momento una familia que habría crecido enormemente y que se llama Familia Salesiana.
Como en el caso de Bartolomé, Don Bosco no quedó satisfecho con un huérfano solo. Pasando el tiempo el número de alumnos internos habría aumentado, la caridad de la gente lo habría ayudado a alquilar y a construir más cuartos que los habrían acogido en la nueva familia.

El Oratorio crece
El Oratorio crece enormemente y, como una colmena, enjambra. De acuerdo con Don Borel, Don Bosco alquiló una pequeña casa junto a Porta Nuova y fundó el Oratorio de San Luis, que adoptó el mismo sistema y reglamento de Valdocco. Don Jacinto Carpano se encargó de tomar su dirección.
Gracias a Dios los colaboradores comenzaron a ser siempre más numerosos. Músicos insignes, como Don Nasi y Don Chiatellino, se unieron al Oratorio y  dieron vida a un apreciado coro de voces blancas que se exhibía en las parroquias de Turín. La Alcaldía de la ciudad y varios bienhechores asignaron premios en dinero a estos muchachos, y también los huérfanos internos pudieron de esta forma tener alimentos y hospedaje.
Varias veces trataron de convencer a Don Bosco que se metiera en política, que llevara a sus jóvenes a mítines cívicos. Rehusó siempre, y siempre dirá:
–     ¡Nuestra política es la del Padre nuestro!
Algunos muchachos no lo dejaban nunca, Miguel Rua y José Buzzetti los primeros: constantemente con él, lo ayudaban lo mejor que podían.

Contemplativo en la acción
Muchos se han preguntado con frecuencia:
–     Con  tanto trabajo, ¿cuándo encontraba Don Bosco el tiempo para su vida espiritual? ¿cuándo rezaba?
La respuesta, data en su momento también por el Papa Pío XI, es la siguiente: “¿Cuándo no rezaba Don Bosco?”. Don Bosco rezaba siempre. Estaba unido al Señor en todo lo que hacía, enseñaba a sus chicos a rezar antes, durante y después de cada acción importante del día. Soportar el frío y el calor, aguantar descansados o cansados en un patio repleto de muchachos, eran las mortificaciones que recomendaba muchísimo a sus colaboradores:
–     ¡No hagáis grandes mortificaciones! Cumplir bien con el deber cotidiano es ya un gran sacrificio. Es allí donde el Señor os espera cada día.
En la tarde dedicaba a lo menos una hora de adoración al Señor, ¡en ese momento no existía para nadie! Cuando caminaba o viajaba le rezaba a la Virgen. Al concluir la jornada, después de haber dado las buenas noches a sus muchachos, ya no hablaba hasta después de la misa de la mañana siguiente: era el tiempo del diálogo con el Señor. ¡Don Bosco nunca estaba solo!
Por esta razón le fueron concedidas gracias extraordinarias por centenares. Numerosos testigos, entre los cuales muchos de sus chicos y colaboradores adultos, lo vieron multiplicar castañas o panes, obtener curaciones  milagrosas por intercesión de María Auxiliadora. Un hombre que no reza no puede hacer cosas semejantes.
Don Bosco era un contemplativo en la acción y así quería que fueran también sus salesianos.

Nuevos ambientes
A estas alturas los huérfanos aumentaban y los cuartitos resultaban siempre más chicos. Un día festivo, mientras Don Borel predicaba, Don Bosco se cruzó como de costumbre con el Sr. Pinardi.
–    Un momento, Don Bosco: ¡debe comprarme toda la casa!
–    Pero la suma que usted me pide es demasiado elevada.
–    Ofrezca usted, entonces.
–    La hice apreciar por un amigo común. Su valor está entre las 26 y las 28 mil liras. Le doy 30.
–    Está bien: si me paga al contado, trato hecho.
–    Al contado.
–    Entonces, el pago entre quince días. ¡100 mil liras de multa a quien se echa atrás!
–    ¡Está bien!
Treinta mil liras eran tantas. Pero la Providencia se las hizo llegar en pocos días. ¿Cómo podía saberlo? No lo sabía: confiaba en Dios.
Aún faltaba espacio, la iglesia era demasiado pequeña. Organizó una gran lotería, movilizó a los nobles de Turín, pidió ayuda a los obispos de las diócesis de los muchachos que acogía y, en 1851, se bendijo la primera piedra de la iglesia de San Francisco de Sales. En once meses fue construida, la inauguración resultó una fiesta increíble, los periódicos se hicieron eco durante días.
El Oratorio era una realidad y los bienhechores seguían apoyándolo. Los muchachos internos aumentaban, varios iban a trabajar afuera como aprendices donde artesanos profesionales. Don Bosco fue uno de los primeros en Italia que se preocupó de hablar con los dueños para que trataran bien a los muchachos, pidiéndoles medidas de seguridad, horas no excesivas de trabajo y el justo descanso. Firmaba él los contratos y, si no eran respetados, retiraba a los aprendices. Pronto se dio cuenta que afuera los chicos corrían muchos peligros morales, se perdía el trabajo hecho pacientemente cuando estaban en el Oratorio. ¿Qué hacer? Cuando joven había trabajado también él,  era hora de volver a comenzar.

Talleres
Otros ambientes, otros bienhechores, otras humillaciones, pero todo por el bien de sus muchachos. En otoño de 1853 Don Bosco comenzó los talleres de zapatería y de sastrería. El mismo fue el primer maestro de taller: se sentó a la mesita y martilleó la suela delante de cuatro muchachitos. Pocos días más tarde cedió el puesto de maestro a un colaborador suyo. Los primeros maestros de sastrería fueron Don Bosco y, esta vez, también mamá Margarita. En 1854 abrió el taller de encuadernación, en 1856 la carpintería y, más tarde, la tipografía. Con el tiempo llegaron en casa verdaderos y auténticos maestros, que producían y enseñaban el oficio a lo muchachos.
Los internos pasaban ya de 65, se escribió un reglamento para recibir solo a los huérfanos y a los más necesitados: el Oratorio no quería ser una “casa de obreros”, sino una verdadera casa de educación. Junto a los artesanos hay los estudiantes, que no frecuentan ya la escuela nocturna sino la diurna: muchos de ellos se harán salesianos.

Lecturas católicas
En esos años hubo, gracias a nuevas leyes del estado, la emancipación de hebreos y protestantes y fue necesario instruir a la gente, en especial a los jóvenes. Los protestantes, en efecto, publicaban tres periódicos que confundían las ideas de los sencillos; además contaban con mucho dinero y daban ayudas a quienes frecuentaban sus escuelas y templos. Don Bosco inició entonces a escribir algunas páginas esquemáticas sobre la Iglesia Católica y a preparar pequeños carteles, impresos también en sus talleres, con el título Recuerdos para los Católicos. Tras el éxito de las primeras entregas, pasó al proyecto de las Lecturas Católicas, que harían un inmenso bien al pueblo.
Los protestantes trataron en varias ocasiones de matar a Don Bosco. Muchas veces fue asaltado en la calle y otras tantas se salvó. Cuando por la noche lo llamaban a confesar a algún enfermo grave, se hacía acompañar por José Buzzetti y otros muchachos ya grandes: con frecuencia fue necesario que ellos intervinieran para defenderlo de algún atentado.
Entró en acción hasta un misterioso perro, que Don Bosco llamó “el Gris” y que, en más de una circunstancia, lo salvó de gente malintencionada. El Gris aparecía y desaparecía a su gusto y nadie supo jamás de donde viniera. Más tarde Don Bosco dirá:
–     Decir que sea un ángel haría reír. Pero no se puede tampoco decir que sea un perro ordinario.

Nacen los salesianos
En 1852 Don Bosco comenzó a hacer una serie de conferencias secretas a los mejores entre sus muchachos. Miguel Rua tenía 15 años. A diferencia de otros, no se asustaba cuando Don Bosco repetía que el Oratorio habría llegado a tener miles de muchachos, se habría trasplantado en toda Italia, y tras los Alpes, y hasta más allá de los océanos. En otoño de 1853 Don Bosco le dijo:
–    Necesito que me eches una mano. Para la fiesta de la Virgen del Rosario vienes conmigo a la capillita de los Becchi. Allí el párroco de Castelnuovo te pondrá la sotana negra de los clérigos. Así, al comienzo del nuevo año escolar (1853-54) serás asistente y profesor de tus compañeros. ¿Estás de acuerdo?
–    De acuerdo.
Una de esas tardes Miguel, pensativo, preguntó a Don Bosco:
–    ¿Recuerda nuestro primer encuentro? Ud. había repartido medallas y para mí no quedó ninguna. Entonces hizo el gesto de darme la mitad de su mano. ¿Qué quiso decir con eso?
–    ¿Todavía no has entendido? Quería decir que nosotros haremos a medias en todo, ¡hasta en las deudas! Pero también en el Paraíso.
El 26 de enero de 1854 cuatro jóvenes, que habían tomado parte a esas conferencias secretas, asumieron más seriamente el compromiso de servir a sus compañeros. En su libreta de apuntes Miguel Rua esa noche escribió: “En el cuarto de Don Bosco nos hemos reunido Rocchietti, Artiglia, Cagliero y Rua. Se nos ha propuesto hacer, con la ayuda del Señor y de San Francisco de Sales, una prueba de ejercicio práctico de caridad hacia el próximo. Más tarde haremos una promesa y luego, si será posible, un voto al Señor. A los que hacen esta prueba y la harán después se les dará el nombre de Salesianos”.
El 25 de marzo de 1855 Miguel Rua hizo voto de pobreza, castidad y obediencia en las manos de Don Bosco, fue el primer salesiano.
Don Bosco comenzó a escribir las reglas de la  nueva Congregación y en febrero de 1858, por sugerencia del Arzobispo de Turín, fue a Roma donde lo recibió el  Papa Pío IX, que bendijo su iniciativa y le dio preciosos consejos. El 18 de diciembre de 1859,  en el cuartito de Don Bosco, se reunieron diecisiete de sus estrechos colaboradores. Los había preparado bien sobre los votos de pobreza, castidad y obediencia. Esa noche los profesaron frente al crucifijo y, de esta forma, dieron vida a la Congregación salesiana.

La Virgen regala diamantes
María Auxiliadora comenzó a bendecir más intensamente el trabajo de Don Bosco. Hizo algunos regalos especiales que podemos comparar a verdaderas y auténticas piedras preciosas. Entre todos los muchachos recibidos en el Oratorio y educados con el sistema que Don Bosco llamaba Preventivo, algunos se distinguieron no solo por la bondad no común, sino también por la extraordinaria santidad. Primero entre todos fue Domingo Savio. Se entregó a Don Bosco como si fuera un trozo de tela en las manos de un sastre y el resultado fue un hermosísimo traje digno del Señor. Don Bosco mismo escribió su vida y, cada vez que volvía a leerla, se conmovía hasta derramar lágrimas.
Después de él vino Miguel Magone, un terremoto que había encontrado en la estación de Carmagnola. Era el general de la banda de la Mano Negra, pero no era general de su propia vida. Don Bosco lo recibió en el Oratorio y siguió una sorprendente conversión A los 150 años de la muerte todavía se habla de él, es amado porque numerosos granujillas se reconocen en su historia y ven que también ellos, con las enseñanzas de Don Bosco, pueden hacer grandes cosas.
Otros jóvenes realmente buenos pasaron por el Oratorio. Varios de ellos, al crecer, llegaron a ser verdaderos y auténticos santos.

Misma vida en Mornés
Don Bosco no pensaba solo en sus jóvenes. En las Obras de la Marquesa de Barolo había trabajado para chicas abandonadas y Pío IX lo invitó explícitamente a continuar haciéndolo. Esperaba dar con buenas colaboradoras que pudieran organizar, para el sector femenino, un proyecto semejante al suyo. A veces la Providencia nos asombra. Simplificando muchísimo el proceso, indicamos cómo lo hizo en este caso.
En Mornés, pueblo de las colinas del Monferrato, María Mazzarello y la amiga Petronila estaban viviendo una experiencia no lejana de la de Don Bosco: habían abierto un taller de costura para las chicas pobres y el domingo reunían a muchas otras para juegos y catecismo. Un día un papá les trajo a dos hijitas suyas: estaba solo y ya no podía cuidarlas. María y Petronila las tomaron consigo. Desde tiempo, guiadas por el óptimo vicepárroco Don Pestarino, habían emprendido un serio camino espiritual y creado, junto con otras chicas, el grupo de las “Hijas de la Inmaculada”.
Don Bosco vio que eran lo que estaba buscando. De acuerdo con Don Pestarino –que más tarde se hará salesiano– fundó en 1872, junto con María Mazzarello, la Congregación de las Hijas de María Auxiliadora. Mazzarello será su primera superiora, morirá en 1881: en esa fecha sus religiosas ya habrán superado los confines de Italia y de Europa.

Se realizan los sueños
En 1863 Don Bosco abrió la primera casa salesiana fuera de Turín: le confiaron el pequeño seminario de Mirabello Monferrato. No pudiendo ir él mismo, enviará a Don Rua. Para él escribirá algunas páginas confidenciales que lo ayudarán a hacer un buen trabajo. Mientras tanto los jóvenes aumentan y la iglesia de San Francisco de Sales ya no basta. Don Bosco tiene que movilizar una vez más a los bienhechores, organizar loterías y pedir limosna a los ricos, ya no solo de Turín sino de muchos otros sitios que, a estas alturas, conocen y aprecian su obra. En marzo de 1864 se pone la primera piedra del santuario de María Auxiliadora de Valdocco: será consagrado el 9 de junio de 1868.
El 1° de marzo de 1869 la “Pía Sociedad Salesiana” fue aprobada por la Santa Sede.
Los sueños misteriosos, finalmente, comenzaban a realizarse.

Don Bosco en el mundo
Ya en el seminario de Chieri Don Bosco se sentía atraído por las misiones: deseaba llevar el Evangelio y su sistema educativo hasta los confines del mundo. Absorbido por tanto quehacer y por la fundación del Oratorio, durante años dejó de lado el proyecto. Pero entre 1871 y 1872 hizo un sueño misionero. Vio a una muchedumbre necesitada de ayuda que vivía en una inmensa llanura sin cultivar, a misioneros que trataban de socorrerla y que eran sacrificados ferozmente. Los salesianos, en el sueño, fueron los únicos que lograron instruir a esa gente y a sus hijos.
Mientras tanto comenzó a recibir muchos pedidos de obispos de otros continentes que deseaban contar con los salesianos. Aceptó la Patagonia porque, después de consultar mapas, la reconoció como la tierra del sueño.
El 11 de noviembre de 1875 nacen las Misiones Salesianas, que se extenderán después en todo el mundo. En el santuario de María Auxiliadora repleto de gente, Don Bosco entregó el crucifijo a los primeros diez misioneros que salían para América del Sur. Los guiaba Don Juan Cagliero, él también uno de los primeros chicos del Oratorio.

Los Salesianos Cooperadores
Don Bosco deseaba que su sistema educativo fuera llevado también a la sociedad laica, quería que sus salesianos entraran en las escuelas públicas y dondequiera se encontraran jóvenes no pertenecientes a sus obras. Inicialmente imaginaba en ese sentido la figura del coadjutor salesiano pero, en un segundo tiempo, comprendió que necesitaba dar vida a otra vocación: los salesianos cooperadores, que el mismo llamará “salesianos externos”. Se trata de personas que deciden seguir un reglamento de vida apostólica propuesto por el fundador, sin profesar los votos y llegando a ser, de esta forma, verdaderos  y auténticos salesianos en el mundo.
El 9 de mayo de 1876 Papa Pío IX aprobó los “Salesianos Cooperadores”. Son los amigos de las  obras de Don Bosco, que trabajan para la salvación de la juventud y lo ayudan con medios económicos. Don Bosco antes de morir les dirá: “Sin vuestra caridad, yo poco o nada habría podido hacer”.
En 1877, para comunicar con sus Cooperadores, que ya son centenares de miles, Don Bosco funda el “Boletín Salesiano”. Es una revista mensual ilustrada que lleva a todos las noticias de la Congregación, las cartas de los misioneros que trabajan en los límites del mundo, la palabra del fundador. Tendrá un desarrollo enorme.

Viajes en Europa
Pero, cuanto más las obras salesianas se propagaban en el mundo, tanto más exigían enormes sumas de dinero. Había que sostener las misiones de América y mantener a miles de jóvenes abandonados. Don Bosco ya era conocido y amado en gran parte de Europa y la fama de su santidad seguía extendiéndose. Muchas personas acudían a él pidiendo gracias y oraciones, el lo confiaba todo a María Auxiliadora, muchísimos eran escuchados.
En los últimos años de su vida se vio obligado a peregrinar por Italia, Francia y España en busca de limosnas, un trabajo agotador. La Virgen bendijo visiblemente también estos viajes: las manos de Don Bosco devolvían la vista a los ciegos, el oído a los sordos, la salud a los enfermos. En toda Europa lo llamaban “el cura que hace los milagros”.

A su tiempo todo lo comprenderás
A inicios de mayo de 1887 terminó un último viaje a través de España, limosnando por encargo del Papa León XIII, que le había confiado la construcción de un templo al Sagrado Corazón en Roma. Estaba muy cansado, pero el 14 de ese mes se halló presente en la grande ceremonia de la consagración en la ciudad eterna.
El día siguiente subió al altar del hermoso templo para celebrar la misa. Acababa de iniciarla cuando el secretario, Don Viglietti, que lo asistía, lo vio romper a llorar: el llanto se repitió por quince veces durante la misa. Al final casi tuvieron que llevarlo a la sacristía, donde Don Viglietti le preguntó, sumamente preocupado:
–    Don Bosco, ¿qué le pasa? ¿Se siente mal?
Don Bosco negó con la cabeza y contestó:
–    Tenía ante lo ojos, viva, la escena de mi primer sueño, a los nueve años. Veía y escuchaba a mi mamá y a mis hermanos que discutían sobre lo que yo había soñado…
En ese lejano sueño laVirgen le había dicho: “A su tiempo todo lo comprenderás”. Ahora, mirando hacia atrás, le parecía comprender realmente todo.
Hacia el final del año Don Bosco se fue debilitando siempre más. Don Rua, vista la situación, envió un telegrama a Juan Cagliero, entonces obispo y misionero en Patagonia, que inmediatamente volvió a Turin.
Don Bosco murió al amanecer del 31 de enero de 1888. A los salesianos que velaban junto a su lecho, en los últimos instantes les murmuró:
–    Decidles a mis muchachos que los espero a todos en el Paraíso.