Juventud

‚ÄúEl joven Don Bosco‚ÄĚ

Dificultades siempre
Para Juan el estudio no fue algo debido, un camino ya definido que lo habr√≠a llevado f√°cilmente a la meta. Tuvo que esforzarse much√≠simo, ante todo con su hermano mayor. A los 15 a√Īos de edad, despu√©s de la divisi√≥n del patrimonio familiar, decidi√≥ de acuerdo con su madre ir a las escuelas p√ļblicas m√°s cercanas: las de Castelnuovo, a 5 km. de distancia. Juan, que hab√≠a sido el √≠dolo de los muchachos de su entorno, ahora se hallaba en una clase √ļnica con muchachitos de diez y once a√Īos, que naturalmente se burlaban de √©l por sus vestidos pobres y por su edad. Afortunadamente dio con un maestro como Don Virano el cual, tras leer un tema suyo, dijo lo siguiente:
‚Äď Quien escribe un tema semejante puede usar zapatos de cuidador de ¬†¬†¬† vacas. Porque lo que vale en la vida no son los zapatos sino la cabeza.
Pero durante el invierno no pod√≠a ciertamente ir y venir con la nieve y el fr√≠o de los campos de Piamonte. Por tanto Margarita pidi√≥ a un buen se√Īor que tomara al hijo en pensi√≥n completa: ¬°un plato de sopa, y un bajo-escalera para dormir!
Este se√Īor era sastre y adem√°s un buen cantor de m√ļsica sagrada y profana. En casa ten√≠a una espineta, viejo instrumento musical de teclado: Juan, bajo su direcci√≥n, aprendi√≥ a tocarlo. En el tiempo libre se entrenaba con los hilos y botones obteniendo √≥ptimos resultados. Para pagar libros y estudios fue a aprender a trabajar el hierro donde el herrero.
Pero las cosas no van siempre en el sentido que quisi√©ramos. El buen Don Virano fue nombrado p√°rroco de Mondonio y dej√≥ la escuela. Tomar√° su puesto Don Moglia, de 75 a√Īos, quien, lamentablemente y sin quererlo, har√° sufrir mucho a Juan.¬† Adem√°s, no lograr√° mantener la disciplina de la clase y llegar√° a darle a √©l la culpa del desorden. El tiempo pasaba y las cosas no parec√≠an mejorar. Entonces Juan y Margarita trataron de conseguir matr√≠cula en la escuela de Chieri, m√°s avanzada.
Para ir a Chieri hacía falta comprar ropa, zapatos, libros. Tuvo que enfrentar la humillación de pasar por las casas pidiendo limosna:
‚Äď Soy el hijo de Margarita Bosco. Voy a Chieri a estudiar para hacerme sacerdote. ¬ŅPueden ayudarme?
Margarita siempre ten√≠a una tajada de polenta o un plato de sopa para los pobres de la zona, todos sab√≠an que pod√≠an contar con ella. Ahora era ella quien enfrentaba una dificultad y la ayuda lleg√≥. Tambi√©n el p√°rroco de Castelnuovo, al saber la cosa recogi√≥ una peque√Īa suma y la envi√≥. Adem√°s hizo que Margarita encontrara a la Sra. Luc√≠a Matta, que se iba a vivir a Chieri para cuidar del hijo estudiante: se pusieron de acuerdo para que Juan se quedara con ellos pagando 21 liras al mes. Como no pod√≠a pagar todo, Juan ofreci√≥ ayudar en los trabajos de la casa. M√°s tarde la Sra. Luc√≠a le confiar√° los estudios del hijo holgaz√°n y √©ste, en seis meses, con su ayuda volver√° a frecuentar los sacramentos y a dejar satisfechos a los profesores.

La sociedad de la alegría
Durante los a√Īos de estudios Juan se encontr√≥ frente a diversas categor√≠as de muchachos. Como de costumbre, los poco recomendables, los indiferentes y los muy buenos. Seg√ļn su costumbre, dedicaba tiempo a los mejores, rechazando las propuestas de los malos. Pero los malos normalmente son tambi√©n quienes estudian menos y, poco a poco, comenzaron a ir donde √©l para que les hiciera las tareas. Al comienzo le dio gusto; despu√©s, por consejo del profesor, trat√≥ que comprendieran lo que copiaban, y aprendieran a estudiar y resolver los problemas por s√≠ solos. Su fama mejor√≥ notablemente y los muchachos, que antes parec√≠an realmente malos, cuando estaban con √©l ya no lo eran. Comenzaron a encontrarse no solo para estudiar sino tambi√©n para divertirse y¬† escuchar sus narraciones. Fundaron un grupo que llamaron Sociedad de la Alegr√≠a con un reglamento:

  • No hacer ninguna acci√≥n que no sea digna de un buen cristiano.
  • Cumplir con exactitud el propio deber escolar y religioso.

Palabras que pesan como monta√Īas
Al acabar los estudios Juan deb√≠a decidirse de una vez por todas: ¬Ņqu√© hacer con su vida?
Deseaba llegar a sacerdote, pero ten√≠a miedo. En ese tiempo no todos los curas viv√≠an en modo evang√©lico. Pens√≥ entonces resolver el problema y√©ndose a un convento, lejos del mundo: los franciscanos ya le hab√≠a contestado favorablemente. El p√°rroco Don Dassano, al saberlo, le desaconsej√≥ esta opci√≥n y apenas pudo habl√≥ con Margarita para convencerla, esta r√°pidamente se encamin√≥ hasta Chieri para hablar con su hijo. A los 70 a√Īos de edad, Don Bosco recordaba a√ļn esas palabras, significa que pesaron como monta√Īas:
‚Äď ¬†¬†¬† √ďyeme bien, Juan. Yo quiero que t√ļ lo pienses con calma. Cuando hayas decidido, sigue tu camino sin verle la cara a nadie. Recuerda que la cosa m√°s importante es que t√ļ hagas la voluntad del Se√Īor. El p√°rroco quisiera que yo te hiciera cambiar de idea porque en el futuro yo podr√≠a tener necesidad de ti. Pero recuerda que tu madre en estas cosas no entra. Dios est√° antes que todo, tambi√©n antes que yo. De ti no quiero nada, no espero nada porque he nacido pobre y pobre quiero morir. Antes bien, te lo digo claramente: si llegaras a sacerdote y por desgracia te volvieras rico, debes saber que yo no pondr√© jam√°s pie en tu casa. ¬°Recu√©rdalo bien!
Finalmente y después de pedir consejos a varios amigos y sacerdotes entre ellos a Don Cafasso, quien después será su director espiritual, Juan entró al seminario. Una de las cualidades más hermosas de Juan fue la capacidad de pedir consejo, de dejarse guiar, de no querer actuar solo: ésta fue su carta vencedora, que le dio siempre óptimos resultados.

Por siempre
As√≠ con √©xitos concluy√≥ los estudios en el seminario. Temblaba ante la idea del s√≠ pronunciado por toda la vida. Pero Don Cafasso lo animaba a seguir adelante sin miedo, haciendo lo que √©l le aconsejaba. Se encerr√≥ durante diez d√≠as en el silencio de los Ejercicios Espirituales. Fue ordenado antes subdi√°cono y luego di√°cono. El 5 de junio de 1941, v√≠spera de la fiesta de la Sant√≠sima Trinidad, recibi√≥ la ordenaci√≥n sacerdotal. Celebr√≥ la primera misa en la iglesia de San Francisco de As√≠s, en Tur√≠n, asistido por Don Cafasso. En los d√≠as siguientes celebr√≥ en Chieri y en Castelnuovo, agradeciendo a las personas que lo hab√≠an ayudado. Cuando lleg√≥ a su casa y volvi√≥ a contemplar los lugares donde hab√≠a sufrido y hecho el sue√Īo de los nueve a√Īos, se conmovi√≥, pensando:
‚Äď ¬°Cu√°nto son grandes tu caminos, Se√Īor! Has levantado del suelo a un pobre muchachito para encargarle una misi√≥n muy grande.

La primera elección
Ordenado sacerdote Don Bosco tiene que decidir qu√© hacer,¬† tiene varias propuestas‚Ķ Le pareci√≥ que la mejor soluci√≥n fuera pedir consejo al sabio Don Cafasso. Quien le recomienda que complete su formaci√≥n estudiando moral y predicaci√≥n por unos a√Īos m√°s en un Convictorio Eclesi√°stico.
Don Bosco acept√≥ y gustoso entr√≥ al Convictorio. Efectivamente necesitaba estudiar esas dos materias tan importantes: la moral lo habr√≠a ayudado a guiar a los j√≥venes a reconciliarse con el Se√Īor, la predicaci√≥n a inflamarlos de amor a Dios. El horario de la jornada all√≠¬† preve√≠a por la ma√Īana meditaci√≥n, oraci√≥n y lecciones y, por la tarde, apostolado pr√°ctico en el ambiente de la ciudad: hospitales, c√°rceles, institutos de beneficencia, sermones en las iglesias, catecismo y asistencia a enfermos y ancianos. Una de estas experiencias fue fulminante para Don Bosco.

En la cárcel para encontrar a los jóvenes

Don Cafasso comenz√≥ a llevar a Don Bosco a visitar a los encarcelados. En esas visitas dram√°ticas se dio cuenta que gran parte eran j√≥venes entre los 12 y 18 a√Īos. ¬ŅC√≥mo era posible que muchachos sanos e inteligentes quedaran all√≠ sin hacer nada, acumulando piojos y enfermedades? ¬ŅQui√©n se preocupaba de ellos? ¬ŅQui√©n los esperaba cuando sal√≠an? Muchos de ellos, al ser puestos en libertad, estaban decididos a cambiar vida, pero no hallaban un sitio donde ir y estaban obligados a robar, de modo que eran encarcelados nuevamente. Mirando esos ojos, en los cuales se le√≠a el miedo y la rabia, Don Bosco pens√≥:
‚Äď ¬†¬†¬† Estos muchachos deber√≠an encontrar afuera a un amigo que los cuide, los siga, los instruya, los lleve a la iglesia en los d√≠as festivos. Entonces no volver√≠an a arruinarse, o ser√≠an muy pocos los que regresen a la c√°rcel.
En el mercado general de la ciudad descubri√≥ otra cosa que lo horroriz√≥: un aut√©ntico ‚Äúmercado de muchachos‚ÄĚ. Cerca de Porta Palazzo hab√≠a un lleno de peque√Īos ambulantes, limpiabotas, limpiachimeneas, repartidores de folletos, criados de negocios: j√≥venes que ven√≠an de los campos para buscar cualquier trabajo con tal de sobrevivir. Sub√≠an a los andamios de los alba√Īiles y, si uno ca√≠a, nadie se preocupaba: otros diez estaban listos para tomar su puesto. Daban vueltas como lobos en las esquinas de las calles, jugaban de azar y robaban en lo mercados. Si trataba de acercarlos se volv√≠an desconfiados y desde√Īosos. Pero en sus ojos Don Bosco no le√≠a crueldad sino miedo. Ten√≠a que hacer algo, y pronto el Se√Īor se lo habr√≠a hecho comprender.

Un incidente raro
Desde el inicio de su permanencia en el Convictorio, Don Bosco se hizo amigo de algunos muchachos que comenzaron a seguirlo por todos lados, aunque √©l no tuviera ni siquiera un cuarto donde reunirlos ni una idea clara de lo que habr√≠a hecho despu√©s con ellos. Como de costumbre, el Se√Īor obra a trav√©s de coincidencias. La Providencia quiso que, en el mes de diciembre, un incidente raro ayudara a nuestro sacerdote a ver el comienzo de su camino.
El día de la Inmaculada Don Bosco estaba revistiéndose para celebrar la misa, cuando el sacristán pidió hacer de acólito a un joven que se rehusó, diciendo que no sabía. El sacristán se puso furioso:
‚Äď ¬†¬†¬† Si no sabes ayudar misa, ¬Ņpara qu√© vienes a la sacrist√≠a?
Agarr√≥ la ca√Īa con que prend√≠a las velas y comenz√≥ a golpear al muchacho, que sali√≥ corriendo. Al ver la cosa, Don Bosco intervino:
‚Äst¬†¬† Pero, ¬Ņqu√© hace? ¬ŅPor qu√© le pega a ese chico? ¬ŅQu√© hizo de malo?
‚Äst¬†¬† ¬°Viene a la sacrist√≠a y no sabe ni siquiera ayudar misa!
‚Äst¬†¬† ¬ŅY por esto hay que pegarle? D√©jelo tranquilo, que es un amigo m√≠o. Antes bien, ll√°melo en seguida. Necesito hablar con √©l.
El sacristán fue tras él a la carrera, lo alcanzó y lo trajo a Don Bosco que, gentilmente, le dijo:
‚Äst¬†¬† Hola, ¬Ņya o√≠ste misa?
‚Äst¬†¬† No.
‚Äst¬†¬† Ven a o√≠rla. Despu√©s debo hablarte de una cosa que ciertamente te gustar√°.
Terminada la misa, Don Bosco lo llevó a una capillita: deseaba hacerle cambiar la mala opinión que debía tener de los curas de esa iglesia.
‚Äst¬†¬† Entonces, amigo m√≠o, ¬Ņc√≥mo te llamas?
‚Äď ¬†¬†¬† Bartolom√© Garelli.
‚Äst¬†¬† ¬ŅDe donde vienes?
‚Äst¬†¬† De Asti.
‚Äst¬†¬† ¬ŅViven tus padres?
‚Äst¬†¬† No, han muerto los dos.
‚Äst¬†¬† ¬ŅCu√°ntos a√Īos tienes?
‚Äst¬†¬† Diecis√©is.
Bartolom√© no sab√≠a leer ni escribir y a√ļn no hab√≠a hecho la primera comuni√≥n, no iba al catecismo porque ten√≠a miedo que los chicos m√°s peque√Īos se burlaran de √©l. Don Bosco instintivamente le pregunt√≥:
‚Äď ¬†¬†¬† Si te ense√Īara el catecismo a parte, ¬Ņvendr√≠as a escucharme?
‚Äď ¬†¬†¬† Con mucho gusto.
‚Äď ¬†¬†¬† ¬ŅTambi√©n aqu√≠, en este sitio?
‚Äď ¬†¬†¬† ¬°Si no me pegan!
Don Bosco lo tranquiliz√≥, ni √©l ni sus amigos habr√≠an aguantado golpes. Comenz√≥ por ense√Īarle el signo de la cruz, que Bartolom√© ya ni siquiera recordaba. Le habl√≥ del amor de Dios, de por qu√© nos ha creado. Ahora que hab√≠a hecho experiencia de un amigo que se interesaba por √©l, pod√≠a explicarle mejor cu√°nto le interesaba a Jes√ļs su amistad. Dijeron juntos una Ave Mar√≠a: Don Bosco siempre hizo coincidir el inicio del Oratorio con esa oraci√≥n.

El primerísimo Oratorio
La semana siguiente Bartolom√© ya no estaba solo, hab√≠a seguido el consejo de Don Bosco: ‚ÄúLa pr√≥xima vez trae contigo siquiera a otro amigo‚ÄĚ, ¬°todos los salesianos lo dicen! Y as√≠ continu√≥ el catecismo que, poco a poco, se transform√≥ en el Oratorio. Inicialmente Don Bosco invitaba a los muchachos salidos de la c√°rcel que le parec√≠an m√°s a riesgo pero, para hacerse ayudar a mantener el orden y proponer metas m√°s altas, invit√≥ tambi√©n a buenos j√≥venes instruidos y de √≥ptima conducta. Este grupo, pese a las dificultades, se hab√≠a amalgamado en tal forma que fue posible introducir lecturas y cantos que animaban los encuentros. En marzo de 1942 ya eran treinta y ‚Äďa¬† m√°s de otros aportes‚Äď supieron animar la misa de la Anunciaci√≥n con cantos que agradaron much√≠simo. Esa primavera uno de los primeros oratorianos, Carlos Buzzetti, trajo tambi√©n a su hermanito Jos√©, de diez a√Īos. Jos√© se aficion√≥ a Don Bosco como a un padre: lo seguir√° en todas sus aventuras.
Gran parte de los muchachos eran alba√Īiles, estucadores y picapedreros que ven√≠an de pueblos lejanos. El n√ļmero crec√≠a y la capillita se volv√≠a estrecha. Don Guala, director del Convictorio, y Don Cafasso, dieron permiso de reunirse en el patio cercano. Consiguieron estampitas, as√≠ como panes que les quitaran el hambre a los que se quedaban a jugar despu√©s de la misa de Don Bosco. Cuando hab√≠a confesiones, tambi√©n los dos buenos sacerdotes se quedaban en el patio para asistir a los chicos, contando hechos amenos. El permiso dur√≥ tres a√Īos y no fue retirado nunca. El n√ļmero de los oratorianos lleg√≥ a unos ochenta‚Äď m√°s no pod√≠an caber en el peque√Īo patio‚Äď pero tambi√©n otros habr√≠an querido venir. Durante tres a√Īos, hasta 1844, el Oratorio qued√≥ en el Convictorio.

En busca de la voluntad de Dios
Don José Comollo, tío de Luis, ya era anciano y necesitaba de alguien que lo ayudara a llevar adelante la parroquia de Cinzano: pensó pedir al Arzobispo que le mandara Don Bosco. Don Cafasso llamó a éste a su oficina y le dijo:
‚Äď ¬†¬†¬† Tus estudios han terminado, ahora hay que ir a trabajar. Hay tantas posibilidades en el campo del Se√Īor, ¬Ņqu√© est√°s dispuesto a hacer?
Don Bosco contestó:
‚Äď ¬†¬†¬† Lo que usted me indique.
Don Cafasso le dijo que, a más de Cinzano, había otras tres posibilidades: vicepárroco en Buttigliera d’Asti, profesor de moral en el Convictorio y director del Hospitalillo para chicas enfermas fundado por la Marquesa de Barolo.
Puesto que Don Bosco se entregaba totalmente a la voluntad del director espiritual, éste le dijo que tomara algunas semanas de vacaciones. Al regreso lo llamó:
‚Äď ¬†¬†¬† Prepara la maleta y vete donde Don Borel a la Obra del Refugio, trabajar√°s all√≠. Ser√°s tambi√©n director del Hospitalillo.
La Marquesa de Barolo hab√≠a fundado el Refugio en la zona de Valdocco, cerca del Cottolengo. La obra acog√≠a a las chicas de la calle que deseaban rehacer su vida. Al lado se encontraba el Hospitalillo para muchachas enfermas, que Don Bosco habr√≠a debido dirigir. En los tres a√Īos transcurridos en el Convictorio hab√≠a sido invitado varias veces a predicar all√≠ algunos retiros por Don Borel, con quien desde tiempo estaba en √≥ptimas relaciones. Admiraba a este buen sacerdote que se dedicaba con todas sus energ√≠as a salvar el mayor n√ļmero posible de almas y que, a su llegada, le asegur√≥ la posibilidad de llevar adelante el Oratorio festivo en el cuartito que le era destinado; cuando luego estuvieran listos los locales para los sacerdotes, habr√≠an podido usar tambi√©n √©sos.

¬ŅSue√Īos o visiones?
El 13 de octubre de 1844 Don Bosco habr√≠a debido comunicar a sus muchachos el traslado del Oratorio desde el Convictorio al Hospitalillo de Santa Filomena. Estaba muy preocupado: ¬Ņc√≥mo lo habr√≠an tomado los oratorianos? ¬Ņhabr√≠an reaccionado acudiendo de la misma forma? ¬Ņse habr√≠a perdido un trabajo de tres a√Īos? Fue a dormir atormentado por estos pensamientos, pero durante la noche hizo otro sue√Īo.
Esta vez ya no ten√≠a nueve a√Īos, pero la situaci√≥n era muy semejante. Un ej√©rcito de lobos feroces armaba un ruido espantoso. Don Bosco, asustado, quer√≠a huir, cuando apareci√≥ una pastorcita que lo invit√≥ a guiar el reba√Īo sigui√©ndola a ella. El extra√Īo grupo se detuvo¬† tres veces y, en cada parada, muchas de las fieras se transformaban en mansos corderos. Al final del recorrido llegaron a un potrero donde los corderos que brincaban y pac√≠an tranquilos eran much√≠simos. La pastorcita invit√≥ a Don Bosco a no detenerse y juntos alcanzaron un patio espacioso, mientras varios corderos se transformaron en pastores permitiendo que el reba√Īo se multiplicara. Don Bosco mir√≥ con atenci√≥n: vio aparecer una bas√≠lica majestuosa con una orquesta lista para tocar y un coro que se preparaba a animar la misa. En el interior de la iglesia hab√≠a una gran faja blanca sobre la cual, en caracteres cubitales, estaba escrito: ‚Äú√Čsta es mi casa. De aqu√≠ saldr√° mi gloria‚ÄĚ. El sue√Īo se concluy√≥ con¬† una √ļltima afirmaci√≥n de la pastorcita:
‚Äď ¬†¬†¬† Comprender√°s todo cuando veas con tus ojos lo que hoy has visto en sue√Īo.
Se trata de la descripción puntual de lo que efectivamente sucederá y que narraremos en las páginas siguientes. Tal vez por esta razón Don Bosco, cuando ya parecía que su aventura con los jóvenes estaba a punto de fracasar, o cuando también sus más cercanos colaboradores lo consideraban loco, insistía contra todo y todos, diciendo:
‚Äď ¬†¬†¬† ¬°No puede terminar as√≠! Yo veo una iglesia grand√≠sima, un Oratorio lleno de muchachos y tantos colaboradores que me ayudar√°n. ¬°Estoy seguro!

√Čxodo de casa de la Marquesa
El domingo Don Bosco dio la noticia a sus muchachos con el entusiasmo que lo caracterizaba. Para tranquilizarlos les prometió grandes locales y patios espaciosos. La semana siguiente los chicos fueron por las calles de Valdocco buscando al amigo:
‚Äď ¬†¬†¬† ¬ŅD√≥nde est√° el Oratorio? ¬ŅD√≥nde est√° Don Bosco?
Naturalmente nadie sab√≠a nada. Don Borel y Don Bosco oyeron la bulla y corrieron a recibirlos. ¬°Durante semanas cerca de doscientos bribonzuelos se encontraron en esos cuartitos, en las escaleras y en el patiecito de los dos buenos sacerdotes! Cualquiera comprende lo que puede significar cuidar de semejante n√ļmero en un espacio tan estrecho. Don Bosco no se desalent√≥: prepar√≥ una capillita y comenz√≥ a ense√Īar a leer y escribir a los mayores. Pero hac√≠a falta dinero: eran necesarios libros, ropa para los m√°s pobres, alg√ļn juego con que entretenerse, comida para la merienda. Una vez m√°s un car√°cter orgulloso como el suyo tuvo que rebajarse a pedir limosna, en esta circunstancia en las casas de los ricos. Fue una de las cosas que m√°s le cost√≥, mas no pod√≠a evitarla y, con mucho esfuerzo, se humill√≥.
Todo parec√≠a marchar a las mil maravillas, cuando estall√≥ un conflicto entre santos. La Marquesa consideraba tempor√°neo el trabajo de Don Bosco con los chicos, en espera de tenerlo a disposici√≥n para sus obras; √©l, por su lado, pensaba exactamente lo contrario. No era posible seguir y, de com√ļn acuerdo, decidieron partir caminos. La Marquesa ayudar√° todav√≠a a Don Bosco, pero √©l deber√° hallar otra colocaci√≥n: tras siete meses de para√≠so ha llegado el primer desalojo.
Mientras tanto Don Bosco había descubierto cuánta paciencia era necesaria para trabajar con los muchachos. Fue entonces que decidió colocarse bajo la protección del santo de la dulzura y de la paciencia: desde ese momento el Oratorio llevará el nombre de San Francisco de Sales.

Primeras dos etapas: San Pedro en Cadenas y San Martín de los Molinos
Recibido el desahucio, Don Bosco encontró alojamiento en la iglesia de San Pedro en Cadenas, dedicada al Crucifijo. En cuaresma comenzó a llevar allí a los muchachos mayores para que escucharan el catecismo. El capellán Don Tesio quedó bien impresionado y aceptó la propuesta de que todo el Oratorio fuera trasplantado al patio de su iglesia. El pobre no imaginaba ver llegar un ejército de muchachos que corrían y gritaban como desesperados. La criada, espantada, comenzó a chillar y acusó a más no poder a Don Bosco que, lamentablemente, fue invitado por el capellán a no volver más.
El Oratorio volvió a reunirse en el Refugio. La Marquesa no dijo ni una palabra en contra. Pero recordó a Don Bosco que el 10 de agosto se inauguraría el Hospitalillo: a partir de aquel día, eso sí, sus muchachos se encontrarían con las puertas cerradas. Don Bosco tuvo que pedir ayuda al Municipio de Turín. El Arzobispo apoyaba el pedido y, afortunadamente, fue permitido al Oratorio trasladarse a la iglesia de San Martín de los Molinos.
De esta forma, un domingo de julio de 1945 una partida desordenada de muchachos desfiló por las calles de Turín llevando bancos, sillas, juegos, reclinatorios, cuadros, candelabros y otras cosas hacia la iglesia de los Molinos de la ciudad. El permiso duraba del mediodía a las tres de la tarde. Lo demás del tiempo lo habrían empleado en paseos. Los chicos comenzaban a desalentarse con tanto desalojo, pero el buen Don Borel sacó un sermón formidable que a todos les devolvió el buen humor: el sermón de las coles. Don Bosco lo cuenta más o menos así:
‚Äď ¬†¬†¬† Las coles, queridos chicos, para crecer con una cabeza bella y gruesa, deben ser trasplantadas. La misma cosa debemos decir de nuestro Oratorio. Ha sido trasplantado de un sitio a otro, pero con cada trasplante ha crecido. Los chicos que lo frecuentan son siempre m√°s numerosos y contentos. En el primer patio hemos hecho una parada, como los que viajan en tren. En esas semanas todos han podido ver una ayuda: el juego, el catecismo, la explicaci√≥n del Evangelio. En los prados vecinos hemos jugado alegramente. ¬ŅQuedaremos mucho tiempo aqu√≠? No lo sabemos. Como quiera, nosotros creemos que a nuestro Oratorio le suceder√° como a las coles trasplantadas: crecer√° el n√ļmero de los muchachos que quieren volverse buenos, crecer√° nuestra gana de cantar y de tocar. Si nosotros hoy, frecuentando el Oratorio, mejoramos nuestra conducta, Dios nos ayudar√° a crecer en el bien toda la vida.
El serm√≥n funcion√≥ maravillosamente y, al final, todos juntos cantaron un hermoso himno al Se√Īor.
Uno de esos domingos Don Bosco reparti√≥ medallas de la Virgen. Los muchachos se amontonaron y, en un momento, ya no hubo medallas. Mientras las repart√≠a, Don Bosco observaba al peque√Īo Miguel: apartado, sin ganas de meterse al mont√≥n, estaba triste porque dos meses antes hab√≠a perdido al pap√°. El buen sacerdote se acerc√≥ y, con una gran sonrisa, hizo el gesto de partir algo y entregarle un pedazo:
‚Äst¬†¬† Toma, Miguelito, toma.
‚Äst¬†¬† ¬ŅQu√© debo tomar? No veo nada.
‚Äst¬†¬† ¬°Nosotros haremos todo a medias!
Ese chico era Miguel Rua, primer salesiano, primer sucesor de Don Bosco.
Tercera etapa: casa Moretta
Lamentablemente también en los Molinos llegó el desahucio: ¡demasiada bulla! La gente del barrio ya no aguantaba, no se podía vivir tranquilo ni siquiera la tarde del domingo. Escribieron una carta al Municipio y el alcalde, a pesar suyo, tuvo que pedir al Oratorio otro trasplante.
Los domingos siguientes Don Bosco estaba siempre alegre, no dejaba ver a los muchachos su preocupación, podemos imaginar fácilmente cómo trataba de entusiasmarlos:
‚Äst¬†¬† Queridos muchachos, debo daros una buena noticia. Hoy vamos juntos hasta la iglesia de Superga.¬† El que tiene miedo de no aguantar, levante la mano.
¬°Naturalmente nadie ten√≠a miedo de no aguantar! Habr√≠an escalado las monta√Īas con tal de seguirlo. Y as√≠, llev√°ndolos un domingo a Superga, otro a la Virgen del Pilar y otro al Monte de los Capuchinos, Don Bosco ganaba tiempo y esperaba que la Providencia le indicara lo que deb√≠a hacer. Pero en noviembre (de 1845) hac√≠a fr√≠o y, junto con Don Borel, decidi√≥ alquilar tres cuartitos en la casa de Don Moretta. All√≠ pod√≠an reunir a los chicos, ense√Īar catecismo y dar a todos la posibilidad de confesarse. En ese invierno nacieron las primeras escuelas nocturnas, una novedad incre√≠ble en esos a√Īos. Don Bosco pensaba:
‚Äď ¬†¬†¬† No puedo dejar a mis muchachos en la ignorancia. Algunos de ellos son realmente brillantes, ¬°qui√©n sabe si un d√≠a llegan a ser buenos sacerdotes!
Se habló mucho de esta decisión: algunos eran favorables, otros contrarios. Comenzaron a correr voces raras acerca de Don Bosco. Decían:
‚Äst¬†¬† ¬ŅNo le parece que Don Bosco est√© exagerando con esta man√≠a de los chicos pobres?
‚Äst¬†¬† S√≠, ¬°dice que sabr√° ayudarlos a todos! Cuenta que ve iglesias y construcciones donde lograr√° hospedarlos.
‚Äst¬†¬† Yo pienso que se haya vuelto loco.
‚Äst¬†¬† ¬°En efecto! Deber√≠a hacerse curar o, a lo menos, descansar un buen rato.
Don Bosco sab√≠a y sufr√≠a, pero segu√≠a como si nada fuera. De no pensar √©l en sus muchachos, ¬Ņqui√©n lo hubiera hecho? Tal vez, en los momentos de mayor desaliento, volv√≠a a recordar las palabras de la madre:
‚Äst¬†¬† Juan, recuerda que comenzar a decir misa significa comenzar a sufrir.
Mientras tanto los párrocos de Turín, no logrando hacerlo personalmente, le concedieron el permiso de seguir trabajando con esos chicos sin parroquia. ¡Finalmente una buena noticia!
La alegría duró poco: en la primavera de 1846 los inquilinos obligaron al buen Don Moretta a deshacerse del Oratorio.

Prado Filippi
Don Bosco alquil√≥ entonces un prado a los hermanos Filippi: el Oratorio estaba sin techo, pero afortunadamente era primavera. Para las confesiones, la orilla de una acequia sustitu√≠a el reclinatorio y la c√≥moda silla de casa Moretta. Se o√≠a misa en una de las iglesias cercanas y despu√©s se pod√≠a correr y jugar todo el tiempo. Pese a las dificultades, fueron meses hermos√≠simos, que los oratorianos recordaron con gusto por muchos a√Īos.
Con todo, los problemas no hab√≠an terminado. El Marqu√©s Miguel de Cavour, jefe de la polic√≠a, trat√≥ de convencer a Don Bosco que terminara definitivamente su experiencia. Las famosas voces subterr√°neas, en efecto, lo hab√≠an convencido de la peligrosidad social de centenares de muchachos que obedec√≠an ciegamente a un cura. Don Bosco no cedi√≥ pero, vuelto a casa, encontr√≥ la carta de despido de los hermanos Filippi. La Marquesa de Barolo insist√≠a para que escogiera entre sus chicas y el Oratorio, Don Borel suger√≠a trabajar solo con unos pocos muchachos m√°s peque√Īos para no tener problemas con la justicia, Don Cafasso aconsejaba esperar.
Lleg√≥ de esta forma el √ļltimo d√≠a en el prado Filippi. ¬°Don Bosco no sab√≠a qu√© hacer! Se apart√≥ y comenz√≥ a llorar en silencio. En ese momento lleg√≥ un cierto Pancracio Soave que, tartamudeando, le dijo::
‚Äď ¬†¬†¬† ¬ŅEs cierto que usted busca un sitio donde armar un laboratorio?
Don Bosco casi no lo cre√≠a. Se trataba de un peque√Īo cobertizo junto a la casa del Sr. Pinardi, aunque era demasiado bajo para sus exigencias. El buen hombre se encarg√≥ de modificarlo seg√ļn las necesidades del Oratorio y de ceder en alquiler el prado de al lado. Estaba contento de tener capilla en casa y dijo:
‚Äď ¬†¬†¬† De acuerdo, trato hecho. El domingo pr√≥ximo puede venir, estar√° todo listo.

¬°Finalmente en casa!
Don Bosco no cabía en sí por la felicidad. Fue corriendo donde sus muchachos, los reunió y, con todo el entusiasmo de que era capaz, les anunció:
‚Äst¬†¬† ¬°Albricias, chicos! Hemos encontrado el Oratorio del cual nadie ya nos echar√°! Tendremos iglesia, clases, patio para jugar. El domingo pr√≥ximo vamos all√°.
Los muchachos parec√≠an haberse vuelto locos: corr√≠an, saltaban y nadie lograba ya pararlos. Comenzaron a rezar el rosario para agradecer a la Virgen. Ella hab√≠a guiado y sostenido a Don Bosco en esos a√Īos de sufrimientos y de vida errante; ahora, finalmente, le hab√≠a encontrado casa.