Juventud

“El joven Don Bosco”

Dificultades siempre
Para Juan el estudio no fue algo debido, un camino ya definido que lo habría llevado fácilmente a la meta. Tuvo que esforzarse muchísimo, ante todo con su hermano mayor. A los 15 años de edad, después de la división del patrimonio familiar, decidió de acuerdo con su madre ir a las escuelas públicas más cercanas: las de Castelnuovo, a 5 km. de distancia. Juan, que había sido el ídolo de los muchachos de su entorno, ahora se hallaba en una clase única con muchachitos de diez y once años, que naturalmente se burlaban de él por sus vestidos pobres y por su edad. Afortunadamente dio con un maestro como Don Virano el cual, tras leer un tema suyo, dijo lo siguiente:
– Quien escribe un tema semejante puede usar zapatos de cuidador de     vacas. Porque lo que vale en la vida no son los zapatos sino la cabeza.
Pero durante el invierno no podía ciertamente ir y venir con la nieve y el frío de los campos de Piamonte. Por tanto Margarita pidió a un buen señor que tomara al hijo en pensión completa: ¡un plato de sopa, y un bajo-escalera para dormir!
Este señor era sastre y además un buen cantor de música sagrada y profana. En casa tenía una espineta, viejo instrumento musical de teclado: Juan, bajo su dirección, aprendió a tocarlo. En el tiempo libre se entrenaba con los hilos y botones obteniendo óptimos resultados. Para pagar libros y estudios fue a aprender a trabajar el hierro donde el herrero.
Pero las cosas no van siempre en el sentido que quisiéramos. El buen Don Virano fue nombrado párroco de Mondonio y dejó la escuela. Tomará su puesto Don Moglia, de 75 años, quien, lamentablemente y sin quererlo, hará sufrir mucho a Juan.  Además, no logrará mantener la disciplina de la clase y llegará a darle a él la culpa del desorden. El tiempo pasaba y las cosas no parecían mejorar. Entonces Juan y Margarita trataron de conseguir matrícula en la escuela de Chieri, más avanzada.
Para ir a Chieri hacía falta comprar ropa, zapatos, libros. Tuvo que enfrentar la humillación de pasar por las casas pidiendo limosna:
– Soy el hijo de Margarita Bosco. Voy a Chieri a estudiar para hacerme sacerdote. ¿Pueden ayudarme?
Margarita siempre tenía una tajada de polenta o un plato de sopa para los pobres de la zona, todos sabían que podían contar con ella. Ahora era ella quien enfrentaba una dificultad y la ayuda llegó. También el párroco de Castelnuovo, al saber la cosa recogió una pequeña suma y la envió. Además hizo que Margarita encontrara a la Sra. Lucía Matta, que se iba a vivir a Chieri para cuidar del hijo estudiante: se pusieron de acuerdo para que Juan se quedara con ellos pagando 21 liras al mes. Como no podía pagar todo, Juan ofreció ayudar en los trabajos de la casa. Más tarde la Sra. Lucía le confiará los estudios del hijo holgazán y éste, en seis meses, con su ayuda volverá a frecuentar los sacramentos y a dejar satisfechos a los profesores.

La sociedad de la alegría
Durante los años de estudios Juan se encontró frente a diversas categorías de muchachos. Como de costumbre, los poco recomendables, los indiferentes y los muy buenos. Según su costumbre, dedicaba tiempo a los mejores, rechazando las propuestas de los malos. Pero los malos normalmente son también quienes estudian menos y, poco a poco, comenzaron a ir donde él para que les hiciera las tareas. Al comienzo le dio gusto; después, por consejo del profesor, trató que comprendieran lo que copiaban, y aprendieran a estudiar y resolver los problemas por sí solos. Su fama mejoró notablemente y los muchachos, que antes parecían realmente malos, cuando estaban con él ya no lo eran. Comenzaron a encontrarse no solo para estudiar sino también para divertirse y  escuchar sus narraciones. Fundaron un grupo que llamaron Sociedad de la Alegría con un reglamento:

  • No hacer ninguna acción que no sea digna de un buen cristiano.
  • Cumplir con exactitud el propio deber escolar y religioso.

Palabras que pesan como montañas
Al acabar los estudios Juan debía decidirse de una vez por todas: ¿qué hacer con su vida?
Deseaba llegar a sacerdote, pero tenía miedo. En ese tiempo no todos los curas vivían en modo evangélico. Pensó entonces resolver el problema yéndose a un convento, lejos del mundo: los franciscanos ya le había contestado favorablemente. El párroco Don Dassano, al saberlo, le desaconsejó esta opción y apenas pudo habló con Margarita para convencerla, esta rápidamente se encaminó hasta Chieri para hablar con su hijo. A los 70 años de edad, Don Bosco recordaba aún esas palabras, significa que pesaron como montañas:
–     Óyeme bien, Juan. Yo quiero que tú lo pienses con calma. Cuando hayas decidido, sigue tu camino sin verle la cara a nadie. Recuerda que la cosa más importante es que tú hagas la voluntad del Señor. El párroco quisiera que yo te hiciera cambiar de idea porque en el futuro yo podría tener necesidad de ti. Pero recuerda que tu madre en estas cosas no entra. Dios está antes que todo, también antes que yo. De ti no quiero nada, no espero nada porque he nacido pobre y pobre quiero morir. Antes bien, te lo digo claramente: si llegaras a sacerdote y por desgracia te volvieras rico, debes saber que yo no pondré jamás pie en tu casa. ¡Recuérdalo bien!
Finalmente y después de pedir consejos a varios amigos y sacerdotes entre ellos a Don Cafasso, quien después será su director espiritual, Juan entró al seminario. Una de las cualidades más hermosas de Juan fue la capacidad de pedir consejo, de dejarse guiar, de no querer actuar solo: ésta fue su carta vencedora, que le dio siempre óptimos resultados.

Por siempre
Así con éxitos concluyó los estudios en el seminario. Temblaba ante la idea del sí pronunciado por toda la vida. Pero Don Cafasso lo animaba a seguir adelante sin miedo, haciendo lo que él le aconsejaba. Se encerró durante diez días en el silencio de los Ejercicios Espirituales. Fue ordenado antes subdiácono y luego diácono. El 5 de junio de 1941, víspera de la fiesta de la Santísima Trinidad, recibió la ordenación sacerdotal. Celebró la primera misa en la iglesia de San Francisco de Asís, en Turín, asistido por Don Cafasso. En los días siguientes celebró en Chieri y en Castelnuovo, agradeciendo a las personas que lo habían ayudado. Cuando llegó a su casa y volvió a contemplar los lugares donde había sufrido y hecho el sueño de los nueve años, se conmovió, pensando:
– ¡Cuánto son grandes tu caminos, Señor! Has levantado del suelo a un pobre muchachito para encargarle una misión muy grande.

La primera elección
Ordenado sacerdote Don Bosco tiene que decidir qué hacer,  tiene varias propuestas… Le pareció que la mejor solución fuera pedir consejo al sabio Don Cafasso. Quien le recomienda que complete su formación estudiando moral y predicación por unos años más en un Convictorio Eclesiástico.
Don Bosco aceptó y gustoso entró al Convictorio. Efectivamente necesitaba estudiar esas dos materias tan importantes: la moral lo habría ayudado a guiar a los jóvenes a reconciliarse con el Señor, la predicación a inflamarlos de amor a Dios. El horario de la jornada allí  preveía por la mañana meditación, oración y lecciones y, por la tarde, apostolado práctico en el ambiente de la ciudad: hospitales, cárceles, institutos de beneficencia, sermones en las iglesias, catecismo y asistencia a enfermos y ancianos. Una de estas experiencias fue fulminante para Don Bosco.

En la cárcel para encontrar a los jóvenes

Don Cafasso comenzó a llevar a Don Bosco a visitar a los encarcelados. En esas visitas dramáticas se dio cuenta que gran parte eran jóvenes entre los 12 y 18 años. ¿Cómo era posible que muchachos sanos e inteligentes quedaran allí sin hacer nada, acumulando piojos y enfermedades? ¿Quién se preocupaba de ellos? ¿Quién los esperaba cuando salían? Muchos de ellos, al ser puestos en libertad, estaban decididos a cambiar vida, pero no hallaban un sitio donde ir y estaban obligados a robar, de modo que eran encarcelados nuevamente. Mirando esos ojos, en los cuales se leía el miedo y la rabia, Don Bosco pensó:
–     Estos muchachos deberían encontrar afuera a un amigo que los cuide, los siga, los instruya, los lleve a la iglesia en los días festivos. Entonces no volverían a arruinarse, o serían muy pocos los que regresen a la cárcel.
En el mercado general de la ciudad descubrió otra cosa que lo horrorizó: un auténtico “mercado de muchachos”. Cerca de Porta Palazzo había un lleno de pequeños ambulantes, limpiabotas, limpiachimeneas, repartidores de folletos, criados de negocios: jóvenes que venían de los campos para buscar cualquier trabajo con tal de sobrevivir. Subían a los andamios de los albañiles y, si uno caía, nadie se preocupaba: otros diez estaban listos para tomar su puesto. Daban vueltas como lobos en las esquinas de las calles, jugaban de azar y robaban en lo mercados. Si trataba de acercarlos se volvían desconfiados y desdeñosos. Pero en sus ojos Don Bosco no leía crueldad sino miedo. Tenía que hacer algo, y pronto el Señor se lo habría hecho comprender.

Un incidente raro
Desde el inicio de su permanencia en el Convictorio, Don Bosco se hizo amigo de algunos muchachos que comenzaron a seguirlo por todos lados, aunque él no tuviera ni siquiera un cuarto donde reunirlos ni una idea clara de lo que habría hecho después con ellos. Como de costumbre, el Señor obra a través de coincidencias. La Providencia quiso que, en el mes de diciembre, un incidente raro ayudara a nuestro sacerdote a ver el comienzo de su camino.
El día de la Inmaculada Don Bosco estaba revistiéndose para celebrar la misa, cuando el sacristán pidió hacer de acólito a un joven que se rehusó, diciendo que no sabía. El sacristán se puso furioso:
–     Si no sabes ayudar misa, ¿para qué vienes a la sacristía?
Agarró la caña con que prendía las velas y comenzó a golpear al muchacho, que salió corriendo. Al ver la cosa, Don Bosco intervino:
–    Pero, ¿qué hace? ¿Por qué le pega a ese chico? ¿Qué hizo de malo?
–    ¡Viene a la sacristía y no sabe ni siquiera ayudar misa!
–    ¿Y por esto hay que pegarle? Déjelo tranquilo, que es un amigo mío. Antes bien, llámelo en seguida. Necesito hablar con él.
El sacristán fue tras él a la carrera, lo alcanzó y lo trajo a Don Bosco que, gentilmente, le dijo:
–    Hola, ¿ya oíste misa?
–    No.
–    Ven a oírla. Después debo hablarte de una cosa que ciertamente te gustará.
Terminada la misa, Don Bosco lo llevó a una capillita: deseaba hacerle cambiar la mala opinión que debía tener de los curas de esa iglesia.
–    Entonces, amigo mío, ¿cómo te llamas?
–     Bartolomé Garelli.
–    ¿De donde vienes?
–    De Asti.
–    ¿Viven tus padres?
–    No, han muerto los dos.
–    ¿Cuántos años tienes?
–    Dieciséis.
Bartolomé no sabía leer ni escribir y aún no había hecho la primera comunión, no iba al catecismo porque tenía miedo que los chicos más pequeños se burlaran de él. Don Bosco instintivamente le preguntó:
–     Si te enseñara el catecismo a parte, ¿vendrías a escucharme?
–     Con mucho gusto.
–     ¿También aquí, en este sitio?
–     ¡Si no me pegan!
Don Bosco lo tranquilizó, ni él ni sus amigos habrían aguantado golpes. Comenzó por enseñarle el signo de la cruz, que Bartolomé ya ni siquiera recordaba. Le habló del amor de Dios, de por qué nos ha creado. Ahora que había hecho experiencia de un amigo que se interesaba por él, podía explicarle mejor cuánto le interesaba a Jesús su amistad. Dijeron juntos una Ave María: Don Bosco siempre hizo coincidir el inicio del Oratorio con esa oración.

El primerísimo Oratorio
La semana siguiente Bartolomé ya no estaba solo, había seguido el consejo de Don Bosco: “La próxima vez trae contigo siquiera a otro amigo”, ¡todos los salesianos lo dicen! Y así continuó el catecismo que, poco a poco, se transformó en el Oratorio. Inicialmente Don Bosco invitaba a los muchachos salidos de la cárcel que le parecían más a riesgo pero, para hacerse ayudar a mantener el orden y proponer metas más altas, invitó también a buenos jóvenes instruidos y de óptima conducta. Este grupo, pese a las dificultades, se había amalgamado en tal forma que fue posible introducir lecturas y cantos que animaban los encuentros. En marzo de 1942 ya eran treinta y –a  más de otros aportes– supieron animar la misa de la Anunciación con cantos que agradaron muchísimo. Esa primavera uno de los primeros oratorianos, Carlos Buzzetti, trajo también a su hermanito José, de diez años. José se aficionó a Don Bosco como a un padre: lo seguirá en todas sus aventuras.
Gran parte de los muchachos eran albañiles, estucadores y picapedreros que venían de pueblos lejanos. El número crecía y la capillita se volvía estrecha. Don Guala, director del Convictorio, y Don Cafasso, dieron permiso de reunirse en el patio cercano. Consiguieron estampitas, así como panes que les quitaran el hambre a los que se quedaban a jugar después de la misa de Don Bosco. Cuando había confesiones, también los dos buenos sacerdotes se quedaban en el patio para asistir a los chicos, contando hechos amenos. El permiso duró tres años y no fue retirado nunca. El número de los oratorianos llegó a unos ochenta– más no podían caber en el pequeño patio– pero también otros habrían querido venir. Durante tres años, hasta 1844, el Oratorio quedó en el Convictorio.

En busca de la voluntad de Dios
Don José Comollo, tío de Luis, ya era anciano y necesitaba de alguien que lo ayudara a llevar adelante la parroquia de Cinzano: pensó pedir al Arzobispo que le mandara Don Bosco. Don Cafasso llamó a éste a su oficina y le dijo:
–     Tus estudios han terminado, ahora hay que ir a trabajar. Hay tantas posibilidades en el campo del Señor, ¿qué estás dispuesto a hacer?
Don Bosco contestó:
–     Lo que usted me indique.
Don Cafasso le dijo que, a más de Cinzano, había otras tres posibilidades: vicepárroco en Buttigliera d’Asti, profesor de moral en el Convictorio y director del Hospitalillo para chicas enfermas fundado por la Marquesa de Barolo.
Puesto que Don Bosco se entregaba totalmente a la voluntad del director espiritual, éste le dijo que tomara algunas semanas de vacaciones. Al regreso lo llamó:
–     Prepara la maleta y vete donde Don Borel a la Obra del Refugio, trabajarás allí. Serás también director del Hospitalillo.
La Marquesa de Barolo había fundado el Refugio en la zona de Valdocco, cerca del Cottolengo. La obra acogía a las chicas de la calle que deseaban rehacer su vida. Al lado se encontraba el Hospitalillo para muchachas enfermas, que Don Bosco habría debido dirigir. En los tres años transcurridos en el Convictorio había sido invitado varias veces a predicar allí algunos retiros por Don Borel, con quien desde tiempo estaba en óptimas relaciones. Admiraba a este buen sacerdote que se dedicaba con todas sus energías a salvar el mayor número posible de almas y que, a su llegada, le aseguró la posibilidad de llevar adelante el Oratorio festivo en el cuartito que le era destinado; cuando luego estuvieran listos los locales para los sacerdotes, habrían podido usar también ésos.

¿Sueños o visiones?
El 13 de octubre de 1844 Don Bosco habría debido comunicar a sus muchachos el traslado del Oratorio desde el Convictorio al Hospitalillo de Santa Filomena. Estaba muy preocupado: ¿cómo lo habrían tomado los oratorianos? ¿habrían reaccionado acudiendo de la misma forma? ¿se habría perdido un trabajo de tres años? Fue a dormir atormentado por estos pensamientos, pero durante la noche hizo otro sueño.
Esta vez ya no tenía nueve años, pero la situación era muy semejante. Un ejército de lobos feroces armaba un ruido espantoso. Don Bosco, asustado, quería huir, cuando apareció una pastorcita que lo invitó a guiar el rebaño siguiéndola a ella. El extraño grupo se detuvo  tres veces y, en cada parada, muchas de las fieras se transformaban en mansos corderos. Al final del recorrido llegaron a un potrero donde los corderos que brincaban y pacían tranquilos eran muchísimos. La pastorcita invitó a Don Bosco a no detenerse y juntos alcanzaron un patio espacioso, mientras varios corderos se transformaron en pastores permitiendo que el rebaño se multiplicara. Don Bosco miró con atención: vio aparecer una basílica majestuosa con una orquesta lista para tocar y un coro que se preparaba a animar la misa. En el interior de la iglesia había una gran faja blanca sobre la cual, en caracteres cubitales, estaba escrito: “Ésta es mi casa. De aquí saldrá mi gloria”. El sueño se concluyó con  una última afirmación de la pastorcita:
–     Comprenderás todo cuando veas con tus ojos lo que hoy has visto en sueño.
Se trata de la descripción puntual de lo que efectivamente sucederá y que narraremos en las páginas siguientes. Tal vez por esta razón Don Bosco, cuando ya parecía que su aventura con los jóvenes estaba a punto de fracasar, o cuando también sus más cercanos colaboradores lo consideraban loco, insistía contra todo y todos, diciendo:
–     ¡No puede terminar así! Yo veo una iglesia grandísima, un Oratorio lleno de muchachos y tantos colaboradores que me ayudarán. ¡Estoy seguro!

Éxodo de casa de la Marquesa
El domingo Don Bosco dio la noticia a sus muchachos con el entusiasmo que lo caracterizaba. Para tranquilizarlos les prometió grandes locales y patios espaciosos. La semana siguiente los chicos fueron por las calles de Valdocco buscando al amigo:
–     ¿Dónde está el Oratorio? ¿Dónde está Don Bosco?
Naturalmente nadie sabía nada. Don Borel y Don Bosco oyeron la bulla y corrieron a recibirlos. ¡Durante semanas cerca de doscientos bribonzuelos se encontraron en esos cuartitos, en las escaleras y en el patiecito de los dos buenos sacerdotes! Cualquiera comprende lo que puede significar cuidar de semejante número en un espacio tan estrecho. Don Bosco no se desalentó: preparó una capillita y comenzó a enseñar a leer y escribir a los mayores. Pero hacía falta dinero: eran necesarios libros, ropa para los más pobres, algún juego con que entretenerse, comida para la merienda. Una vez más un carácter orgulloso como el suyo tuvo que rebajarse a pedir limosna, en esta circunstancia en las casas de los ricos. Fue una de las cosas que más le costó, mas no podía evitarla y, con mucho esfuerzo, se humilló.
Todo parecía marchar a las mil maravillas, cuando estalló un conflicto entre santos. La Marquesa consideraba temporáneo el trabajo de Don Bosco con los chicos, en espera de tenerlo a disposición para sus obras; él, por su lado, pensaba exactamente lo contrario. No era posible seguir y, de común acuerdo, decidieron partir caminos. La Marquesa ayudará todavía a Don Bosco, pero él deberá hallar otra colocación: tras siete meses de paraíso ha llegado el primer desalojo.
Mientras tanto Don Bosco había descubierto cuánta paciencia era necesaria para trabajar con los muchachos. Fue entonces que decidió colocarse bajo la protección del santo de la dulzura y de la paciencia: desde ese momento el Oratorio llevará el nombre de San Francisco de Sales.

Primeras dos etapas: San Pedro en Cadenas y San Martín de los Molinos
Recibido el desahucio, Don Bosco encontró alojamiento en la iglesia de San Pedro en Cadenas, dedicada al Crucifijo. En cuaresma comenzó a llevar allí a los muchachos mayores para que escucharan el catecismo. El capellán Don Tesio quedó bien impresionado y aceptó la propuesta de que todo el Oratorio fuera trasplantado al patio de su iglesia. El pobre no imaginaba ver llegar un ejército de muchachos que corrían y gritaban como desesperados. La criada, espantada, comenzó a chillar y acusó a más no poder a Don Bosco que, lamentablemente, fue invitado por el capellán a no volver más.
El Oratorio volvió a reunirse en el Refugio. La Marquesa no dijo ni una palabra en contra. Pero recordó a Don Bosco que el 10 de agosto se inauguraría el Hospitalillo: a partir de aquel día, eso sí, sus muchachos se encontrarían con las puertas cerradas. Don Bosco tuvo que pedir ayuda al Municipio de Turín. El Arzobispo apoyaba el pedido y, afortunadamente, fue permitido al Oratorio trasladarse a la iglesia de San Martín de los Molinos.
De esta forma, un domingo de julio de 1945 una partida desordenada de muchachos desfiló por las calles de Turín llevando bancos, sillas, juegos, reclinatorios, cuadros, candelabros y otras cosas hacia la iglesia de los Molinos de la ciudad. El permiso duraba del mediodía a las tres de la tarde. Lo demás del tiempo lo habrían empleado en paseos. Los chicos comenzaban a desalentarse con tanto desalojo, pero el buen Don Borel sacó un sermón formidable que a todos les devolvió el buen humor: el sermón de las coles. Don Bosco lo cuenta más o menos así:
–     Las coles, queridos chicos, para crecer con una cabeza bella y gruesa, deben ser trasplantadas. La misma cosa debemos decir de nuestro Oratorio. Ha sido trasplantado de un sitio a otro, pero con cada trasplante ha crecido. Los chicos que lo frecuentan son siempre más numerosos y contentos. En el primer patio hemos hecho una parada, como los que viajan en tren. En esas semanas todos han podido ver una ayuda: el juego, el catecismo, la explicación del Evangelio. En los prados vecinos hemos jugado alegramente. ¿Quedaremos mucho tiempo aquí? No lo sabemos. Como quiera, nosotros creemos que a nuestro Oratorio le sucederá como a las coles trasplantadas: crecerá el número de los muchachos que quieren volverse buenos, crecerá nuestra gana de cantar y de tocar. Si nosotros hoy, frecuentando el Oratorio, mejoramos nuestra conducta, Dios nos ayudará a crecer en el bien toda la vida.
El sermón funcionó maravillosamente y, al final, todos juntos cantaron un hermoso himno al Señor.
Uno de esos domingos Don Bosco repartió medallas de la Virgen. Los muchachos se amontonaron y, en un momento, ya no hubo medallas. Mientras las repartía, Don Bosco observaba al pequeño Miguel: apartado, sin ganas de meterse al montón, estaba triste porque dos meses antes había perdido al papá. El buen sacerdote se acercó y, con una gran sonrisa, hizo el gesto de partir algo y entregarle un pedazo:
–    Toma, Miguelito, toma.
–    ¿Qué debo tomar? No veo nada.
–    ¡Nosotros haremos todo a medias!
Ese chico era Miguel Rua, primer salesiano, primer sucesor de Don Bosco.
Tercera etapa: casa Moretta
Lamentablemente también en los Molinos llegó el desahucio: ¡demasiada bulla! La gente del barrio ya no aguantaba, no se podía vivir tranquilo ni siquiera la tarde del domingo. Escribieron una carta al Municipio y el alcalde, a pesar suyo, tuvo que pedir al Oratorio otro trasplante.
Los domingos siguientes Don Bosco estaba siempre alegre, no dejaba ver a los muchachos su preocupación, podemos imaginar fácilmente cómo trataba de entusiasmarlos:
–    Queridos muchachos, debo daros una buena noticia. Hoy vamos juntos hasta la iglesia de Superga.  El que tiene miedo de no aguantar, levante la mano.
¡Naturalmente nadie tenía miedo de no aguantar! Habrían escalado las montañas con tal de seguirlo. Y así, llevándolos un domingo a Superga, otro a la Virgen del Pilar y otro al Monte de los Capuchinos, Don Bosco ganaba tiempo y esperaba que la Providencia le indicara lo que debía hacer. Pero en noviembre (de 1845) hacía frío y, junto con Don Borel, decidió alquilar tres cuartitos en la casa de Don Moretta. Allí podían reunir a los chicos, enseñar catecismo y dar a todos la posibilidad de confesarse. En ese invierno nacieron las primeras escuelas nocturnas, una novedad increíble en esos años. Don Bosco pensaba:
–     No puedo dejar a mis muchachos en la ignorancia. Algunos de ellos son realmente brillantes, ¡quién sabe si un día llegan a ser buenos sacerdotes!
Se habló mucho de esta decisión: algunos eran favorables, otros contrarios. Comenzaron a correr voces raras acerca de Don Bosco. Decían:
–    ¿No le parece que Don Bosco esté exagerando con esta manía de los chicos pobres?
–    Sí, ¡dice que sabrá ayudarlos a todos! Cuenta que ve iglesias y construcciones donde logrará hospedarlos.
–    Yo pienso que se haya vuelto loco.
–    ¡En efecto! Debería hacerse curar o, a lo menos, descansar un buen rato.
Don Bosco sabía y sufría, pero seguía como si nada fuera. De no pensar él en sus muchachos, ¿quién lo hubiera hecho? Tal vez, en los momentos de mayor desaliento, volvía a recordar las palabras de la madre:
–    Juan, recuerda que comenzar a decir misa significa comenzar a sufrir.
Mientras tanto los párrocos de Turín, no logrando hacerlo personalmente, le concedieron el permiso de seguir trabajando con esos chicos sin parroquia. ¡Finalmente una buena noticia!
La alegría duró poco: en la primavera de 1846 los inquilinos obligaron al buen Don Moretta a deshacerse del Oratorio.

Prado Filippi
Don Bosco alquiló entonces un prado a los hermanos Filippi: el Oratorio estaba sin techo, pero afortunadamente era primavera. Para las confesiones, la orilla de una acequia sustituía el reclinatorio y la cómoda silla de casa Moretta. Se oía misa en una de las iglesias cercanas y después se podía correr y jugar todo el tiempo. Pese a las dificultades, fueron meses hermosísimos, que los oratorianos recordaron con gusto por muchos años.
Con todo, los problemas no habían terminado. El Marqués Miguel de Cavour, jefe de la policía, trató de convencer a Don Bosco que terminara definitivamente su experiencia. Las famosas voces subterráneas, en efecto, lo habían convencido de la peligrosidad social de centenares de muchachos que obedecían ciegamente a un cura. Don Bosco no cedió pero, vuelto a casa, encontró la carta de despido de los hermanos Filippi. La Marquesa de Barolo insistía para que escogiera entre sus chicas y el Oratorio, Don Borel sugería trabajar solo con unos pocos muchachos más pequeños para no tener problemas con la justicia, Don Cafasso aconsejaba esperar.
Llegó de esta forma el último día en el prado Filippi. ¡Don Bosco no sabía qué hacer! Se apartó y comenzó a llorar en silencio. En ese momento llegó un cierto Pancracio Soave que, tartamudeando, le dijo::
–     ¿Es cierto que usted busca un sitio donde armar un laboratorio?
Don Bosco casi no lo creía. Se trataba de un pequeño cobertizo junto a la casa del Sr. Pinardi, aunque era demasiado bajo para sus exigencias. El buen hombre se encargó de modificarlo según las necesidades del Oratorio y de ceder en alquiler el prado de al lado. Estaba contento de tener capilla en casa y dijo:
–     De acuerdo, trato hecho. El domingo próximo puede venir, estará todo listo.

¡Finalmente en casa!
Don Bosco no cabía en sí por la felicidad. Fue corriendo donde sus muchachos, los reunió y, con todo el entusiasmo de que era capaz, les anunció:
–    ¡Albricias, chicos! Hemos encontrado el Oratorio del cual nadie ya nos echará! Tendremos iglesia, clases, patio para jugar. El domingo próximo vamos allá.
Los muchachos parecían haberse vuelto locos: corrían, saltaban y nadie lograba ya pararlos. Comenzaron a rezar el rosario para agradecer a la Virgen. Ella había guiado y sostenido a Don Bosco en esos años de sufrimientos y de vida errante; ahora, finalmente, le había encontrado casa.